No podía alejar mi mirada del puerto que empequeñecía a nuestra popa según el viento nos empujaba mar a dentro, ahora daba comienzo la “Gran Prueba”, el hecho de dejar territorio nacional atrás marcaba para mí un antes y un después.
La presión es mucha, casi todos piensan –más o menos secretamente- que no lo lograrás, que es una arroutada y que en pocos meses desistirás y volverás al redil. Por eso resulta tan complicado tomar la decisión, está claro que las circunstancias idóneas no se presentarán. Hay pues que atreverse a largar amarras, dejar todo atrás sin saber lo que te espera.
Surgen dudas, vacilación y sobre todo un tremendo miedo a equivocarse.

La compañía a bordo de Gustavo para esta travesía, que en el último momento se lió la manta a la cabeza y pidió permiso al Capi para embarcarse, me daba un poco de ánimo al pensar que si volvía a marearme y una vez más me convertía en un trapo inútil, al menos había alguien para ayudar un poco en las maniobras y las guardias durante los 6 días que finalmente duró la travesía hasta Mindelo, isla de San Vicente.
Un velamen ufano y vivaz se refleja en un mar planchado y el tamborileo rítmico del agua rebota contra el casco. Las condiciones son favorables aunque un poquitín más de viento nos hubiera hecho avanzar mejor, pero no se puede tener todo. La navegación resulta confortable, tanto que nos permite bañarnos, cocinar a diario e incluso jugar a las cartas por las tardes (creo que Gus hace trampas).



Acrobáticos peces voladores siguen la estela del barco, huyen de alguien claro está, pero algunos en su huída vienen a buscar la muerte contra el casco de nuestra embarcación, recoger sus cadáveres por la cubierta se convirtió en otro mata ratos.
En el diario del Capitán puedo leer:
-Después de una navegación a la carta hemos llegado a la bahía Mindelo, isla de S. Vicente, en Cabo Verde, sin ningún problema y habiendo pescado dos bonitos de 4 Kg cada uno-.
São Vicente
Nada más desembarcar percibimos que la frivolidad ha desaparecido de nuestro entorno, es el primer contacto con el “mundo real”. Se trata de un país pobre pero hospitalario, gente tranquila que te confiesa que no les gusta mucho trabalhar porque luego están cansados para brincar. Primera lección de sabiduría que recibimos. Tomamos nota.
Uno de los principales placeres tras una larga travesía es que te sirvan un menú en algún sitio bonito, y para esta ocasión llevábamos la dirección del mejor chiringuito para degustar langostas a precio local (o casi), eso sí, de guarnición patatas fritas, lo nunca visto.
La calle en cuestión, desierta y mal iluminada resultaba un tanto siniestra. Tan silenciosa pero que al mismo tiempo que parecía advertirnos a voces “no os adentréis por aquí”. Tan solo un esquelético perro nos observaba desconfiado. ¿Pero qué no haríamos por una langosta?.


La llegada de los barcos del rally estaba más que anunciada, “Les Îles du Soleil” hace su primera escala aquí cada año, y aunque sea en noviembre todos quieren “hacer el agosto”. Al primero que me tocó ya lo veía venir de lejos, y en cuanto llegamos a su altura puso cara de compungido, carraspeó y empezó a hablar. Pronunciaba cada palabra con un sonido hueco, envolviéndolas en un halo de misterio, aunque lo que iba a decirme poco tenía de misterioso -Te regalo esta pulsera, amiga, es gratis, sólo para ser tu amigo-, y a continuación te pide dinero para el bautizo de su hija o algo por el estilo. Más vale que me vaya entrenando porque seguro que en Senegal será mucho peor.



Las islas caboverdianas son 10, volcánicas como todas las que conforman la Macaronesia, nunca fuero habitadas hasta la llegada de los portugueses en el siglo XV, que las colonizaron para convertirlas en un centro de trata de esclavos. La mayoría de sus actuales habitantes desciende del mestizaje de ambos.
Nosotros visitaremos tres de las cinco que integran el grupo de Barlovento.
São Vicente posee un clima extremadamente árido, así que la principal fuente de ingresos de la isla es la pesca y algo de turismo. Para ser de origen volcánico es bastante plana, el agua escasea y carece casi por completo de vegetación.
Durante la segunda mitad del siglo XIX vivió su época dorada, se establecieron en la isla depósitos de carbón para el abastecimiento de los navíos que se encontraban en ruta por el Atlántico, por ello Mindelo conserva un centro histórico con arquitectura colonial relativamente bien preservado.



Santo Antão
A Santo Antão llegamos en el ferri de línea que cruza el canal que la separa de San Vicente, dónde tenemos nuestro puerto base, para hacer una larga caminata de más de 6 horas desde el Pico da Cruz a 1.600 mt hasta Ribeira Grande a pie de mar, descendiendo el empinadísimo, serpenteante y sorprendente Valle de Paul.
Nos preguntamos cómo hacen para recorrer estos bancales arriba y abajo sin apenas medios, rudimentarias herramientas y algunos burritos esmirriados es toda la ayuda con la que cuentan. ¡Y yo apenas puedo con la cámara de fotos!.
Es una isla eminentemente agrícola, productora de caña de azúcar, ñame, mandioca, banana, mango y maíz. Los cultivos están dispuestos en terrazas para aprovechar al máximo el terreno y el sistema de regadío. También elaboran un tipo de licor de cachaza local llamado grogue, está claro que había que probarlo, y la verdad es que te deja un poco grogui.



Antes de reemprender la ruta vamos al mercado para abastecernos un poco de productos frescos, sobre todo frutas y verduras. Sólo las pescantinas voceaban sus ofertas, por lo demás era tranquilo, limpito, y los coquetos puestos bien surtidos reflejaban el mimo con el que los preparaban cada mañana.
Encontramos de todo, estamos listos para zarpar.
Boavista
Tras una semanita larga en S. Vicente ponemos rumbo a Boavista, 140 millas de ceñida rabiosa que nos catapulta a nuestro destino pero no nos permite ni calentar un café.
Es la tercera isla más grande del Archipiélago y cuenta con una potente industria pesquera. Desértica y solitaria, poseedora de unas dunas alucinantes e interminables playas de arena blanca y finísima. ¿Qué es lo más apetecible que se nos ocurre?. Pues recorrer en buggy el Desierto de Viana. También nos proponen hacer windsurf, pero va a ser que no…


Y colorín colorado...


