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Belem, puerta del Gran Río

Belem, puerta del Gran Río

El color del mar ya no es el mismo, la poderosa fuerza del Amazonas se deja sentir muchas millas mar adentro. Las aguas, aunque saladas todavía, se tiñen ya de color terroso. Este será el paisaje durante las próximas semanas.

Nuestra aproximación al río se produce por la vertiente Sur, procedentes de Fortaleza. Abordamos el río también por el sur de la isla de Marajó, siguiendo el delta que lleva hasta Belem do Pará y tomaremos como salida - casi tres meses después - la desembocadura Norte por Afuá y Macapá.

La isla de Marajó está estratégicamente situada en la desembocadura, desgajando el río en multitud de pequeños brazos como venitas insignificantes comparadas con él y que forman un laberíntico estuario plagado de arenales brillantes.

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Navegamos a muchas millas de la costa para evitar en la medida de lo posible a los pequeños pesqueros que extienden sus trampas sin ningún tipo de luz ni señalización, es una característica del país, más peligroso para ellos que para nosotros ya que sus precarias embarcaciones no podrían de ninguna manera soportar la embestida de un barco de aluminio, y sus redes quedarían hechas añicos si tuviéramos la mala suerte de enganchar una.

Tampoco queremos recibir los grandes troncos que el Amazonas vierte en el océano, con especial violencia durante la estación lluviosa en la que nos encontramos.

Tras unos días conociendo cómo se vive en una Facenda de Búfalos en la Isla de Marajó, hacemos escala en Belém, la gran ciudad más ecuatorial y lluviosa del mundo. Primera colonia europea de la región, capital del Pará, y principal puerto para el tránsito de mercancías que van y vienen por el Gran Río.

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Belem

La humedad excesiva del ambiente y la falta de medios económicos se hace evidente en muchos de los edificios coloniales e iglesias desperdigados por la ciudad vieja, oscurecidos y deslucidos a causa de tanta lluvia.

El que reluce como el primer día es el “Teatro da Paz” recientemente restaurado respetando hasta el último detalle de su neoclasicismo original, y que cuenta con una programación diaria exquisitamente seleccionada.

Sus suelos me dejaron boquiabierta, maderas nobles de la región laboriosamente trabajadas van formando un entarimado tan pulcramente encerado que da pena pisarlo. Podría decirse que la madera es el único material local que tuvo cabida en este proyecto erigido durante la gloriosa época de los colonos portugueses, cuando garimpeiros y siringueiros se pavoneaban despilfarrando sus ganancias sin ningún pudor. Decidieron importar de Europa toda la decoración posible, hierro fundido inglés para los arcos de las puertas y balaustradas, mármol italiano para las escalinatas, estatuas de bronce, lustres y espejos venidos de Francia… y un largo etcétera de detalles destinados a que sus espectadores se sintieran como en casa.

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Las descargas matutinas de la multitud de embarcaciones que se agolpan en los muelles de la bahía de Guajará, frente al Mercado de "Ver O Peso", y el constante bullicio que se vive en éste, nos convirtió en asiduos de la zona. Al Capi le apasionaban los puestos de pescado, con capturas inmensas y especies desconocidas para nosotros (como el Pirarucú o el atigrado Surubi), Manolo prefería los de artesanato local, sobre todo si presentaban algún arma mortífera indígena tradicional, mi rincón favorito era en cambio el de  los tenderetes de brebajes, hierbas medicinales, remedios, perfumes y antídotos cuyo nombre te hace sospechar rápidamente el mal que están destinados a sanar (chora nos meus pes, garrafa para próstata, vem pra min…). En lo que siempre estábamos de acuerdo era en ir a la Estación das Docas a degustar alguno de los suculentos menús locales.

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En Belém hicimos unos cuantos amigos oriundos de la zona que se ofrecieron a descubrirnos la verdadera ciudad, la de su día a día, los lugares que de ninguna forma habríamos conocido por nuestra cuenta, y como la lluvia en Belem está garantizada a diario, especialmente durante estos meses y sobre todo por la tarde (no tengo ni idea del porqué), descubrimos también que las citas no se establecen para una hora de reloj (las cinco, las ocho o la que sea), sino para “después de la lluvia”. Y todos llegan puntualmente unos 15 minutos después de que el aguacero diario haya cesado.

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Nos vamos de aquí con algo de pena, pero el viaje debe continuar.

Diario de abordo del Capi:

-Partimos de esta ciudad enigmática, en la que se funden la carencia y el colonialismo. Frontera entre el Río y el resto del país, dónde delincuencia, comercio y exotismo conviven casi en armonía. A partir de ahora nos adentramos en un mundo verde, el país del agua-.

Bicos e apertas, Fran y Eva.

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Publicado en 2006 Brasil – Amazonas
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