Porto do Moz
La lluvia se filtraba por doquier formando una infinidad de goteras imposibles de atajar, fuimos desplazando las mesas y las sillas entre bocado y bocado, a saltitos, nos negábamos a reconocer que nos estábamos inundando y más aún a consentir que nos “aguaran” el delicioso guiso de Pirarucú que estábamos degustando. Por fin terminamos todos arrinconados contra los bafles que amenizaban la cena, ahora eran nuestros oídos los que se estaban inundando.
De pronto todo se enrojeció, era la hora del crepúsculo que anunciaba la llegada inminente de la noche, otra noche queda, calurosa y poblada de mosquitos. Debíamos apresurarnos en volver al barco cual cenicientas ante el temor de nuestra propia calabaza, la malaria.
Cada noche la linterna era nuestra fiel compañera, algunas veces la luna nos bastaba para el recorrido, pero al llegar a bordo había que comprobar que ningún “polizón” se ocultaba, serpientes y tarántulas eran los más habituales, ingratos inquilinos que reptaban sigilosos para instalarse en algún rincón de su agrado. A continuación entrábamos tranquilos, otra noche en la que no seríamos picados ni mordidos, y cerrábamos cuidadosamente para irnos a descansar.
Visitante a bordo de “Sandy II”
Luchando contra un “Mururé”
Si por la noche nos inquietaban los mosquitos, la pesadilla al amanecer son los mururés, inmensos bloques de vegetación desgajados y arrastrados por el río, algunos con árboles incluidos, que se enredan en las cadenas de los barcos y nos impiden levantar el ancla por la mañana. La única forma de librarse de ellos es bajar con la neumática y a golpe de machete y empujones de motor despedazarlos como se pueda. Es tarea ineludible y puede durar unos minutos o varias horas… Depende.
Monte Alegre
Bancos de arena ocultos por el agua se desplazan de lugar casi con cada marea traicionando la veracidad de los pocos datos con los que contamos, la navegación se hace ardua y pesada. Ahora entendemos más que nunca el porqué de sus gaïolas, los barcos de fondo plano típicos del Amazonas. El clima sigue cebándose con nosotros, cada día resulta, si cabe, más bochornoso, y empezamos a temer seriamente que nos broten champiñones de las orejas.
Aquella mañana alquilamos un par de motos para hacer una excursión a un lugar del que nos habían hablado, “A Cachoeira das pedras”, unas bellísimas cascadas que en su parte baja formaban pequeños rápidos y pozas en las que podríamos disfrutar de un gélido baño de aguas cristalinas.
Al poco de salir densos goterones comienzan a caer -No serán cuatro gotas las que nos arredren- dice el Capi. Manolo y yo nos miramos, nadie quería ser el rajao. Así que allá vamos, derechitos a meternos en la boca del lobo. La tormenta se desata violenta y persistente, los surcos que el agua hace abren enormes brechas bajo nuestros pies y parece que el suelo vaya a resquebrajarse para tragarnos.


Los neumáticos de las motos, nunca renovados, se sumergían en los profundos charcos patinando en el barrizal en el que se habían convertido, en cuestión de minutos, los caminos del lugar. Nos perdimos varias veces. -No nos perdimos sólo nos traspapelamos, más o menos estábamos en la zona-, asegura alguien.
Por suerte en Brasil nunca eres un extraño, no dudan en desandar su camino para ayudarte a localizar el lugar que buscas, lo hacen con una sonrisa e invariablemente a cambio de nada. Es su modo de acogerte, y están contentos además de que algo quiebre su rutina.
Ensordecíamos ante la grandiosidad del chorro de aquella cachoeira que pulverizaba el agua en todas direcciones y nos producía una insólita sensación de frescura y bienestar. Por una vez casi sentimos frío en el Amazonas.
Jaguarí
Unos leves golpecitos en el casco me despiertan, es todavía de noche aunque la luz del alba empieza a pelear para vencerla. Salgo pero no veo a nadie, de pronto dos manitas en la regala hacen que me asome. Contra el casco, por el costado de babor, y casi colgando de él, surge una cabecita y tras ella un cuerpecillo que de puntillas en una endeble piragua mantiene como puede el equilibrio. Hay otros tres más sentados dentro achicando agua por turno con media nuez de coco vacía -Vamos a la escuela, debemos llegar con el día, ¿Você tem uma caneta para nós?-. Les ofrecí también unos bomboms (caramelos), pero si tienen que elegir prefieren invariablemente quedarse con el bolígrafo.





Impulsada por los remos su piragua se aleja lentamente, me quedé allí sentada observando el titánico esfuerzo que estos pobres tenían que hacer para poder aprender a leer y a contar. ¡Qué injusticia!.
Las distancias son tan desmesuradas que el tiempo cobra otro sentido, cinco horas remando en una piragua es ahí al lado, y un par de días cerca, eso lo descubrimos cuando nos hablaban de “horas” sin tan siquiera contar con un reloj.
Santarém
El agua pasaba lenta, monótona, por una vez no corría desbocada como era habitual, y a su arrullo nos adormilamos durante casi toda la tarde esperando “la fresca” que no llega. Ya llevamos varios días así, la pesadez del ambiente nos desazona y ni de día ni de noche se siente una brisa, los únicos que se dejan sentir son los irritantes mosquitos.
Tanta tranquilidad no podía augurar nada bueno…


Un tirón seco y contundente nos sorprende en plena noche. El Capi corre al exterior, yo agarro el chubasquero y le sigo jurando en arameo. Era difícil saber qué pasaba, como si un torbellino se nos tragara, y es que justamente eso es lo que estaba pasando bajo la torrencial lluvia amazónica en otra noche aciaga y negra de esas a las que el Río nos tenía acostumbrados un remolino nos atrapó, ni cadena ni ancla le supusieron un obstáculo y entre violentos y veloces giros de 360º fuimos escupidos cual trompo al centro del río sorteando milagrosamente los barcos que se encontraban anclados a nuestro alrededor. Llovía a raudales, la visibilidad era casi nula y supongo que gracias a ello no sufrimos un infarto.
Pero no fue la única vez que padecimos los efectos de los chupones del Gigante, en otra ocasión –y sin encontrarnos a bordo- el barco fue aspirado por otra enérgica espiral que lo arrastró sin control hasta estrellarlo contra un vecino. -Apenas tocaba el agua- explicaban los presentes. Por suerte ambos veleros eran de aluminio y los daños resultaron mínimos, aunque no el susto.

Finalmente el lunes 24 de abril de 2006 abandonamos por la salida Norte de la Isla de Marajó las aguas del “Gigante Marrón”, la sensación es de tristeza y liberación al mismo tiempo. Y la conclusión que el Gran Río es un superviviente más, como todos los que aquí habitan.
A nuestra espalda dibuja una filigrana y se pierde en la espesura.
Hasta aquí este singular e inolvidable tramo de viaje. Muchos recuerdos para todos. Eva y François



















