Como la parada en Salvador es larga hemos decidido aprovechar para conocer su Bahía lo mejor posible ya que la ciudad, después de tantos días, no da para más. La Bahía de San Salvador tiene fama de ser la más bella de Brasil, y realmente debe ser cierto porque su riqueza y variedad tanto de paisaje como de historia son increíbles.
Nos hemos pasado dos semanas con “Sandy II” (otro barco del rally) recorriendo las islas de Itaparica y Frades, así como el río Paraguaçu en su tramo navegable, 46 km hasta las ciudades de Sao Félix y Cachoeira, dónde la presa que contiene la cascada que da nombre a la ciudad se erige como una muralla y pone fin a nuestra ascensión.

Durante el primer tramo, hasta después de Santiago do Iguapé no tuvimos problemas de calado, pero a partir de ahí el río se vuelve -para nuestros barcos- navegable justito, y aún con las orzas arriba (ambos veleros son de aluminio y cuentan con esta práctica opción) embarrancamos unas cuantas veces, al principio fue divertido pero cuando nos convencimos de que podríamos tardar 4 ó 5 meses en llegar por nuestros medios, nos pegamos cual garrapatas a un barco local cuyo capitán se conocía el recorrido de memoria, sabía perfectamente dónde dar el quiebro, y entre eses y zig-zag llegamos a nuestro destino en un periquete.
Es sobrecogedor contemplar su ribera salpicada por ruinas seculares de lo que en su día fueron impresionantes monasterios e iglesias coloniales erigidas por encargo de las distintas órdenes religiosas que llevaron su labor de evangelización allende los mares.


Santiago do Iguapé es un pueblito de pescadores y agricultores ubicado en este afluente del río Paraguaçu, fue fundado por los jesuitas en 1651 y pertenece al municipio de Cachoeira; todas las pequeñas aldeas que bordean el río dependen del “pueblo más cercano” que suele estar en el nacimiento o desembocadura del mismo. La tierra es fértil y el río generoso, como pudimos comprobar. Nada más desembarcar nos ofrecieron camarao a un módico precio, el pescador nos explicó que si íbamos a dar un paseo o tomar una cervecita él lo preparaba. Y así lo hicimos, el caso es que le habíamos encargado 1 kg para los cuatro –Cenaremos sólo eso y listo-, pero a nuestro regreso nos encontramos con un descomunal saco apoyado en la puerta del galpón. Era el galpón de secado, en ningún momento reparamos en que el kilo sería pesado después de ahumarlo, sin gota de agua. Y efectivamente cenamos sólo eso… durante varios días.


Cachoeira
El cultivo de caña de azúcar y las minas de oro que se fueron instalando en el río en el siglo XVIII potenciaron el lugar dando origen a la creación de este pueblo colonial que ha sabido hacerse un hueco importante en la región. La arribada de dos veleros de nuestras dimensiones no dejó indiferente a nadie, ya que por los motivos de calado que antes os expliqué, éramos los primeros que se atrevían a llegar por el río en una embarcación de dichas características.Tanto fue así que tuvimos el honor de ser agasajados por el personaje más respetado del lugar, el poeta Damário Dacruz que nos acogió en su café literario “Pouso da Palabra”, y nos invitó a asistir como acompañantes suyos a una ceremonia de Candomblé.





Al igual que en todo el estado de Bahía, aquí desembarcaron muchos pares de brazos de las naves negreras procedentes de África para trabajar en las plantaciones de caña de azúcar, cacao y café. Y con sigo trajeron sus creencias.En Salvador de Bahía existen 2230 terreiros (lugar dónde se celebra el rito) registrados en la Federación Baiana de Cultos Afrobrasileños. Según nos explicaron, los Orixás penetran en los cuerpos en trance para reunificar el mundo de los dioses y los hombres, estas divinidades encarnan las fuerzas de la naturaleza, son homenajeados con canticos, danzas y ofrendas, y convocados a ritmo de tambor.
La noche era cálida y la luna resplandecía en lo alto de la bóveda celeste, aparcamos en una explanada algo alejada y nos adentramos por un sendero enmarcado por cimbreantes antorchas. El recinto estaba todavía más iluminado en el interior, dónde cirios y velas se disputaban el protagonismo con enormes ramos de flores y coloridos atuendos. El ambiente era dispar, unos estaban completamente abstraídos por el acto religioso, y otros fuera montaban la fiesta padre. Como para todo tipo de culto hay que ser creyente y devoto, mi lugar estaba más bien en el exterior y lo que me quedó meridianamente claro fue que antes de probar una gota de alcohol es obligado verter un poco en el suelo a EXÚ, “el que todo lo ve”, mensajero de los Orixás y amante de la buena vida.

Sao Félix
El Puente Imperial Don Pedro II comunica Cachoeira con su vecina de la orilla derecha,Sao Félix, de origen e historia muy similares. Aquí se habían instalado no pocas fábricas cigarreras de las cuales pervive “Dannermann” fundada en 1872 y exquisitamente reformada en los últimos años. Las trabajadoras, ataviadas con coloridos vestidos de raso verde parece que van a lanzarse a bailar una samba en cualquier momento.


Illa de Frades
Atraídos por la impoluta fachada de la Iglesia de “Nossa Senhora do Loreto” hacemos escala en la isla sin sospechar siquiera que este era tan sólo uno de los muchos atractivos de este lugar. Las ruinas del hospital y las de la antigua Iglesia en lo alto del monte Guadalupe te remontan a la época colonial y a los brutales excesos del esclavismo.Sus playas son deliciosas y sus fondos ricos en arrecifes. Y a pesar de que cuenta con hoteles y restaurantes en los que degustar una buena cena, nosotros optamos por aceptar la módica oferta de un pescador local que, improvisando unos caballetes en su casa y tras haber ubicado un sofá en el patio y el otro en la cocina, nos preparó una Moqueca de peixe que estaba de rechupete. Lo único que no tenía era agua -¿Agua?, nadie bebe agua aquí-. Pues vale, que sea otra ronda de cerveza.


Itaparica
En itaparica nos encontramos con mi amiga Pili, también de Vigo, no se puede decir que fuera una sorpresa puesto que ella tiene una casita en la isla y habíamos quedado en vernos, pero la alegría de encontrarse con alguien del terruño a tantos kilómetros de distancia produce el mismo placer que si te cruzas por la calle de tu ciudad a la persona a la que más aprecias, de forma inesperada.


Es la isla de veraneo por excelencia en la región y está comunicada con la ciudad de Salvador por una línea de ferris que van y vienen durante todo el día cargados de forasteros y locales que trabajan en la ciudad o simplemente van de compras.
Pareos y esterillas cubren muros y fachadas al caer la tarde, la suave brisa las mece en un dulce balanceo que aviva sus colores y atrae la vista de los paseantes. El colmo de los placeres a esta hora es sentarse en algún barcito de la plaza del pueblo a la sombra de los gigantescos jacarandás con una Brahma bem geladinha y una Casquinha de siri, cangrejo con madioca servido en la propia concha, y dejar correr el tiempo.
Y hablando de tiempo, mañana llegan Chon y el Barbas, debemos regresar a puerto.
Besos miles y hasta la próxima. Eva y Fran


