AMARU-MAYU, “Gran Serpiente Madre de los Hombres”, era el nombre que los Incas daban al Amazonas. Y eso que no creo que ninguno de ellos lo haya llegado a recorrer entero, ¡Ni falta que hace para darse cuenta de su grandeza!.
No soy partidaria de soltar una retahíla de datos que nadie va a retener, pero el AMAZONAS ES EL RIO CON MAUYSCULAS, 6.800 Km de largo, 20Km de ancho en algunos tramos y unos 1.500 afluentes. Imposible no mencionarlo.

Las bocanadas de su aliento en forma de fuertes corrientes luchan desde el principio para expulsarte. Cuando quieres remontarlo, el río te lo pone difícil. Cuando decides por fin abandonarlo te ayuda, él está tan impaciente como tu porque salgas de allí rápidamente, aunque justo en la desembocadura aún deberemos enfrentarnos a la virulenta Pororoca, una descomunal ola provocada por la lucha entre el mar y el río al final de la temporada lluviosa, y que cada año atrae a surfistas de todo el país. Pero para eso aún faltan casi tres meses.


La Amazonía es exactamente como os la imagináis, como me la imaginaba yo, como nos la muestran en los reportajes, como la describe Javier Reverte en su precioso libro “El río de la desolación”. Y es que el calificativo es perfecto, los misterios de la selva te atrapan al tiempo que te sofocan, el calor asfixiante, los malditos mosquitos y los constantes peligros te provocan tremendos vaivenes de humor, tu ánimo se transforma repentinamente, amas esta impenetrable y enigmática selva y de pronto odias esta ponzoñosa e insalubre jungla.
San Sebastián da Boa Vista
En primera línea, a orilla del río, vislumbramos frágiles cabañas instaladas sobre pilotes de madera medio podridos que albergan familias siempre numerosas que nos saludan afables desde el quicio de la destartalada puerta, la trasera de este escenario la forma un muro de espesísima floresta, grandiosa, inescrutable, hermética. Ni la vista más aguda puede penetrar semejante masa de verdor, resulta imposible intuir quién o qué se esconde detrás de ella, tan sólo nos llegan los aullidos de unos monos disputándose por algún capricho.
Únicamente durante la temporada seca pueden ir caminando, en la época de lluvias (noviembre-abril) sólo la piragua les permite salir de su aislamiento, por eso antes de echarse a andar dominan el arte del remo dirigiendo con total soltura su piragua, y cuando apenas balbucean cuatro palabras saben trepar lo mismo a un árbol que a una hamaca. Son bajitos, ágiles y escurridizos. Las mujeres se ajan antes, a eso de los 25, cuando van por su 6º ó 7º hijo. Así no podían concebir que una vieja como yo, de más de 35 años, les dijese que quizá tendría hijos “más adelante”. Me miraban boquiabiertas, de hito en hito no sabiendo si tomarme en serio o echarse a reír a carcajadas.





Breves
La extravagante fauna no deja de presentarnos nuevos personajes, todos aprovechan las enormes crecidas del río para camuflarse en las zonas pantanosas entre la vegetación y el fango, a remojo y a buen recaudo.
Los jacaré (cocodrilos) sorprenden por esa cabeza afilada, tan plana y lisa que dan ganas de atravesar saltando sobre ellos cual piedras de río. Anacondas (sucurí) y serpientes reptan sigilosas y hacen como si no te vieran, aunque su mirada delata sus mortíferas intenciones. Más inofensiva en comparación resulta la piraña, que cuando te muestra su mandíbula, la cabeza se le agiganta de forma desproporcionada y su cuerpecillo se ve ridículo tras ella. No obstante nos abstenemos de hacerle burla, no se vaya a ofender. Y el que sí debe de estar muy ofendido con los humanos es el Rey de la Selva, el Jaguar, que no nos dio la oportunidad de echarle el ojo encima ni de lejos (y eso que mide 2mts.). ¡Cómo me habría gustado!.






Luego están los que por tamaño o reputación parecen inofensivos: mantis, ranas (más letales cuanto más diminutas), arañas, mosquitos, capibaras, tucanes, garzas, guacamayos, monos, perezosos y una lista interminable de “marcas y modelos” de mariposas, saltamontes, lagartos, hormigas (más de 70 diferentes), iguanas etc, etc, etc.
No menos fatídicos son los peces amazónicos, la Piranha es conocida por todos, pero el más letal es el Pirarucú, el mayor pez de agua dulce del mundo, la Anguila Eléctrica, que a pesar de su nombre no es realmente de ésta familia, puede producir una descarga eléctrica de 600 voltios, incluso varias horas después de muerta. El Pacú y el Surubí son muy sabrosos y forman parte de su dieta habitual.
La pesca abunda todavía, aunque se quejan de que las compañías poderosas se lo ponen muy difícil a los pequeños pescadores artesanales de economía de subsistencia. ¿Por qué será que esta afirmación se me hace tan familiar?.
También pescan camarao, utilizan para ello varias artes pero la más curiosa es una red circular con una ristra de plomos en todo su perímetro que cuando la lanzan parece bailar como una acampanada falda, y una vez que toca el agua se va cerrando por el peso adoptando la silueta de una medusa gigante, resulta hipnótico acodarse en un puente y observar desde lo alto como los pescadores exhiben su danza.





Tajapurú
8 de Marzo de 2006, seguimos adentrándonos en el río y después de un mes continúa igual de enigmático a nuestros ojos, la constante humedad nutre a esta voraz selva de descomunal tamaño y va mermando nuestra actividad. Las opacas y terrosas aguas van tiñendo los cascos de nuestras embarcaciones que se abren camino a motor en esa constante guerra contra la corriente que nos ataca no sólo con agua, sino con troncos, mururés (islas flotantes de vegetación que se desgajan de la selva) y un intensísimo tráfico fluvial.
El cielo se oscurece una vez más y la lluvia desaforada, encolerizada, desborda nuevamente el cielo vertiéndose en el río repleto ya, sempiterno y negro.
Por fin llegamos al fondeadero y podemos desembarcar, este momento de descubrimiento, de no saber lo que nos vamos a encontrar sigue llenándome de ilusión y curiosidad.
Los niños que ya nos han visto llegar se apresuran hacia nosotros, los más pequeños que corrían torpemente llegaron rezagados y sus rostros se entristecieron al verme arrugar entre los dedos la bolsa ya vacía de caramelos. Yo que los había observado desde lejos saqué de mi bolsillo un puñado de coloridos envoltorios que reservaba para ellos. Ni todas las gaviotas de mi tierra juntas habrían montado un estruendo semejante, chillaban y saltaban a mi alrededor agitando las manos y luciendo sus dientecillos de nácar. Ver con qué poco son felices estos muchachitos hace que te plantees muchas cuestiones.


Y no es en absoluto una cualidad exclusiva de los niños, la acogida y amabilidad de que hemos sido objeto en las diversas comunidades amazónicas es inversamente proporcional a su pobreza, les agradan los regalos pero tienen muchísima dignidad y no los aceptarán si ellos no te ofrecen a su vez algo a cambio, una fruta, una talla, un collar…
Continuará. Besos para todas/os. Fran y Eva



















