La remontada hacia San Martin fue, como no, en ceñida, aunque con la de tiempo que llevamos navegando en las Antillas no se porqué me extraña. Hicimos escala en St Barth, la isla “pija” de la zona, si quieres ser alguien en el mundo del postureo náutico, tienes que recibir el Nuevo de Año en la isla de Saint-Barthélemy y pasártelo “guay”, ésto sobre todo es obligatorio. Pequeño territorio de ultramar francés que cuenta con todas las tiendas de moda de las supermarcas internacionales y las villas privadas más caras de la zona, así como con elitistas restaurantes gourmet, los pubs más chic y por cierto bonitas playas. Aquí no encajamos ni con calzador, visto y olido, seguimos nuestro camino.
Saint Martin
O St Maarten, según si estás en la zona francesa o en la holandesa, frecuentas Marigot o Philipsburg, hablas francés o inglés, pagas en euros o en dólares... “Felizmente” conducen todos por la derecha. Ya veis, cosillas de la historia de las conquistas que se desarrollan en un territorio que no alcanza los 100km2.

Tengo que reconocer que yo me siento más a gusto en la zona francesa, sin casinos y con un ambiente más local y menos turístico, aunque bien es cierto que la ATRACCIÓN con mayúsculas de la isla se encuentra en territorio neerlandés. Lo descubrimos a la llegada de Piero y Paola -los futuros propietarios de nuestro barco- cuando fuimos a recogerlos al aeropuerto, pero en ese momento estábamos inmersos en la venta del barco y decidimos esperar mejor ocasión.
Mucho habláis últimamente de la “Envidia Sana”, ¿qué es eso?, nosotros no conocemos más que un tipo de envidia, llamada “ENVIDIA COCHINA”, y aunque normalmente sólo os hable del lado divertido (amén de mis mareos), en esta vida vagabunda que llevamos, hay otras caras poco envidiables y que suelen salir a relucir en el momento más inoportuno.


Esto es verdad, pero también...

Según la ley no escrita de la vida a bordo, siempre hay que contar con que algo no funciona en el barco, y el día que por una extraña y poco habitual casualidad todo marcha, no puedes ni pensar en comentárselo a nadie; si quieres que la bonanza perdure un poco debe ser un secreto, el porqué nadie lo sabe pero así es. Y según otro principio, el del “máximo enmerdamiento” (valga la expresión, que es del Capi y no mía, traducción literal del francés) una avería náutica tiene que producirse en el peor momento, si no, no es avería. Todo estaba listo para revista a la llegada del futuro comprador del barco, perfecto, todo marcha. Pero a la hora de la verdad está claro que algún elemento mecánico o electrónico –si no todos- de los que componen el equipamiento, te dejará en evidencia. En nuestro caso fue la desalinizadora, ¡Que NO!, que no le da la gana, que no coge presión y por supuesto, NO FUNCIONA.



La forma más habitual odiosa y exasperante de avería es la “Avería Intermitente”, hoy funciono, mañana no. Que por otra parte es la más frecuente, sobre todo ante la presencia de un técnico o algún voluntarioso vecino nauta dispuesto a colaborar en la reparación. Un barco es un gran bricolaje que puedes llevar contigo por todo el mundo sin temor de aburrirte, siempre tendrás alguna avería para alegrarte la vida. Por eso, cuando os ataque la “envidia sana” pensad seriamente si os gusta bricolar o no porque a bordo no hay elección.
Paola y Piero se enamoraron de nuestro Ovni en cuanto lo vieron y lo compraron inmediatamente. Los detalles y cómo nos hicimos con el sucesor Catamarán Zarpas podéis leerlos en el apartado “BARCOS” de esta web.
Radiantes nuevos propietarios
Entrega de llaves y champagne
los dos Zarpas en el fondeo de Marigot
Mientras esperamos que todos los trámites de compra-venta se lleven a cabo debemos permanecer en la isla, así que nos dedicamos a hacer turismo y alguna que otra majadería en compañía de tres españoles a los que conocimos casualmente, por supuesto en un ship chandlery (efecto naval). ¡Qué bien dar con una panda de trasnochadores para variar!
Juergas nos corrimos unas cuantas, a bordo y en tierra. Nos convertimos en asiduos de las “soirées” de Grand-Case, un encantador pueblecito francés en la costa oeste de la isla que todos los martes organizaba un mercadillo callejero de artesanía y regalos, los comercios habituales permanecían también abiertos hasta la media noche, y bares y restaurantes hervían desbordantes de clientes dispuestos a divertirse.



En todas las terrazas la llama de las velas centellea alegre al arrullo de la brisa nocturna y proporciona a la escena un aire de romanticismo medieval, da gusto dejar correr el tiempo de tertulia con los amigos en estas calidas noches caribeñas.
Por supuesto también acudimos a sentir en nuestras propias carnes ese espectáculo que nos había llamado tanto la atención el día que estuvimos en el aeropuerto. Ante la propuesta dominguera de Bárbara nos pusimos todos en marcha. ¡Hay que verlo para creerlo!.





La cabecera de la pista está junto a una playa y separada de ésta únicamente por una estrecha calzada y una vallita metálica de justa consistencia. Ver los aviones aterrizar es un flipe ya que te pasan rozando el cuero cabelludo, pero lo que es un auténtico despipote es el despegue, el avión se pone en posición, acelera los motores y las turbinas comienzan a girar a toda velocidad generando un tremendo viento enfocado directamente sobre la playa. Ni que decir tiene que todo objeto animado o inanimado que se sitúe en su radio de acción no saldrá indemne, los inanimados cobran vida y salen despedidos, los animados aguantan mientras pueden. El rebozado está garantizado en cualquier caso.
Hasta aquí radio Zarpas, seguiremos informando de la novedades. Besos mil, Fran y Eva


