Siempre que empiezo uno de mis relatos pienso que me encantaría encabezarlo con la fecha, pero como no tengo ni idea de cuál es al final opto por no ponerla.
Este ha sido un mes de encuentros y reencuentros, y todos ellos se han desarrollado en el incomparable marco del archipiélago de Los Roques (Venezuela)
El acceso a Los Roques por el paso de Sebastopol es francamente “calentito”, indiscutiblemente hay que llegar de día y a ser posible por la mañana, momento en el que la posición del sol te ayuda a perfilar el estrecho pasillo bordeado por arrecifes de coral. El único punto en contra de cumplir todas estas recomendaciones a raja tabla es que se trata de la hora preferida de toda su fauna para pasearse delante de tus narices y hacerte dudar entre el barco y la cámara de fotos.


Ya en el fondeo de Cayo Francisquí observamos en la popa de un velerito un gallardete que al Capi se le hace familiar en extremo así que decide acercarse con la neumática y comprueba que efectivamente se trataba de la grímpola del Real Club Náutico de Vigo!!!! Golpea el casco y de las entrañas de “SOLITUDE” emerge un curioso personaje:
-¡Hostia François!, ¿qué haces aquí tío?- fue el recibimiento. Se trataba de Cholas, un antiguo compi de cole en los Jesuitas, y a pesar de que no habían vuelto a verse desde entonces no tuvo ninguna duda en reconocer al momento al hijo de la extricta profe de francés, a Cathy tampoco la había olvidado.
Cholas había llegado a Venezuela 16 años atrás buscando un lugar donde poder descansar hasta de sí mismo y desde entonces se gana la vida haciendo charter con su barco entre las islas del país. Para celebrar tan grato encuentro abrimos una botella de Rioja, un sobrecito de Jabugo que reservábamos para una ocasión especial, y una lata de grelos. ¡Apoteósico!.


Un par de días después, ya en El Gran Roque, divisamos otra banderita española ondeando en otro velero, en este caso llamado “SINOMBRE” y nos acercamos a saludar. Manolo y Salomé no sólo son españoles, sino galegos de Portonovo, una pareja de enfermeros que trabaja 6 meses al año en las Antillas francesas (donde escasean mucho los profesionales de su sector) y el resto del año navegan por el Caribe. Se alegraron mucho de encontrar a unos paisanos, a pesar de que no llegamos en el mejor momento. Estaban realmente atareados ya que durante su última travesía habían tenido una visita inesperada, navegaban con el portillo de proa abierto y el génova (vela de proa) desplegado, de repente y sin saber cómo, una barracuda que nadaba cerca dio el gran salto y tras atravesarles la vela entró limpiamente por el portillo para terminar aterrizando sobre su cama. Ni que decir tiene que había ADN de barracuda esparcido por todo el barco y eso les tenía muy pero que muy ocupados fregando a base de bien. Acordamos que nos encontraríamos al anochecer en tierra para tomar una cervecita en “El Canto de la Ballena”, sobre la playa. No fue una, sino varias, y muchas risas compartiendo anécdotas de nuestros respectivos viajes hasta bien entrada la noche.
Sin apenas tiempo para reponernos de tantas sorpresas, oímos por la emisora que alguien llama a “Zarpas”, son “Amarillys”, “Nan Fong” y “Bamako”, tres del los barcos con los que hicimos el año pasado el rally entre Tenerife y el Amazonas. Decidimos preparar una rutilla juntos por los cayos de la zona y compartir unos días disfrutando del sol, las aguas cristalinas y las langostas. Como podéis comprobar la vida social es intensa.
Con nuestros amigos José, François, Stephan, Eva, Betty, Vanessa y su caracola de botuto
El archipiélago es, en dos palabras, IM-PRESIONANTE. Un bellísimo parque natural formado por más de 30 islas y cayos lo suficientemente grandes como para tener nombre, aunque al más puro estilo local las palabras se comprimen y los nombres se acortan: Espenquí, Madrizquí, Noronquí, Francisquí Crasquí… originalmente era CAYO tal o cual, pero los marineros tienen su propio lenguaje. Sin ir más lejos, un domingo que había carreras de motos nos invitaron a verlas en la tele que tenía un pescador a cambio de que lleváramos unas cervezas, nuestro anfitrión se nos presentó como “Juan El Puerco” ¿el puerco, le preguntamos? -Claro, ¡no ves que me falta un ojo!-. Ellos son así.
Son también muy supersticiosos, creen en fantasmas y espíritus que pueblan la noche y que amenazan con arrancarlos del hogar si se alejan de sus cabañas, imagino que todos estos temores tienen su origen en las historias que cuando niños les contaban sus padres y que éstos a su vez habían escuchado de boca de sus progenitores enlazando una cadena sin fin que ya no permite distinguir entre leyenda y realidad. Un poco como nos pasa a los gallegos, “Non cremos nas meigas pero habelas hailas”.
La única isla habitada, lo que podría considerarse “La Capital” del lugar, es El Gran Roque que con sus 3 km de largo por 1 de ancho es la más grande y cuenta con una pista de aterrizaje “incluso asfaltada” (como dicen por aquí). El ambiente marinero contrasta con las coquetas posadas que bordean sus cuatro calles de suelos de arena escrupulosamente limpios.
Aquí aguardamos la llegada vía aérea de Marta, Felipe, y el pequeño Nicolás que irrumpirán en nuestro mundo por unos días.




Nosotros ya casi nos hemos acostumbrado a la cotidianeidad de este entorno de postal, cada día frente a nosotros se extiende una impoluta playa de arena nívea e inmaculada tal que si nunca hubiera sido pisada por nadie, pero nuestros invitados querían comerse a bocados cada jornada de sus cortas vacaciones, tenían además “la corneta Nico” que a sus 2 años no entendía de husos horarios y bien temprano reclamaba pisar tierra firme. Así que diligentes y silenciosos bajaban a disfrutar en familia de todos los placeres del lugar hasta que llegaba a sus oídos el silbido que los reclamaba a bordo para desayunar.

Cuando navegas por estas aguas, y sobre todo cuando te sumerges a contemplar su rica vida submarina, disfrutas escuchando el silencio, de pronto todos esos ruidos que traías en la cabeza desaparecen y sólo la compañía de alguna de sus variopintas aves puede llegar a quebrantarlo, como tienen por costumbre hacer gaviotas y pelícanos en sus riñas diarias. Se disputan la pesca aunque haber hay de sobra para todos, pero las primeras –más lentas y pequeñas- han descubierto que es mejor que te lo den servido, así que van de restaurante. Se posan sobre la cabeza del paciente pelícano justo cuando éste -tras su acrobacia en picado para atrapar la pitanza- entreabre el buche para filtrar el agua, e intentan arrebatarle el almuerzo desde allí metiéndose prácticamente en su boca.



Gracias al Capitán nosotros también tenemos siempre un lomito de peixe que echarnos a la boca, aunque podría de vez en cuando pescar algún que otro chuletón. Langostas tampoco faltaron pero en esta ocasión no voy a incluir ninguna foto para no resultar repetitiva… je je.
Pero el que más trabajó sin duda fue Nicolás, que así lo dejó reflejado en su diario de a bordo particular:
-Menudas vacaciones. Me levanto el primero para hacer los cálculos de navegación de los que informo a la capitana cuando por fin se despierta, después la gimnasia y el equipo de supervivencia, preparar el instrumental de navegación, pilotar el barco, echar el ancla. Y por si esto fuera poco, jugar con mi tío y mi padre, ¡que son como niños!-









Solos de nuevo, ponemos rumbo a Las Aves, allí haremos escala con el catamarán Amarillys durante unos días y elegiremos un puerto de salida en el que realizar las gestiones antes de abandonar definitivamente el país.
Radio macuto corta la emisión, besos y abrazos.
Eva y Fran
CIENES Y CIENES DE BESOS Y A SEGUIR DISFRUTANTO. Eva y Fran









