Negras nubes se apretujan azuzadas por el viento y nos preparamos a ser golpeados por otro rabioso aguacero. Pocas millas nos separan de la costa pero sabemos que no nos dará la oportunidad de llegar y ponernos a cubierto. ¿Qué gracia tendría en tal caso?. Ninguna, lo divertido es machacar a los pobres navegantes que incautos se han atrevido a levantar el ancla por la mañana. Distinguimos un grupete de cabañas al fondo de la bahía que introducen el único toque alegre en este enrabietado panorama que se oscurece sin remedio.



Con el último rayo de luz entramos sorteando la maraña de boyas que forman el fondeadero, difíciles de distinguir tras esta muralla de agua que se nos ha venido encima. Y es que ya nos lo había avisado nuestro amigo Jean Paul, que vive desde hace varios años en las Antillas: -En el Caribe hay dos estaciones, una en la que llueve y otra en la que no deja de llover-.
A la mañana siguiente ya ni recordábamos el mal trago, el sol lucía risueño en lo alto del cielo y el inmenso mar esmeralda incitaba a darse un largo paseo submarino. Y eso fue exactamente lo que hicimos.
Trinidad
Como todas las islas, las Pequeñas Antillas están rodeadas de agua ¡¡pero esta no es un agua cualquiera!! Temperatura 28º. Color esmeralda con reflejos cobalto. Fondos coralinos repletos de vida donde animales y plantas cohabitan en perfecta armonía. Somos nosotros los únicos que sobramos en este cuidado escenario, irrumpimos pataleando torpemente con nuestras aletas y despidiendo cientos de burbujas por ese ridículo tubito que nos es imprescindible para poder presenciar esta representación, cotidiana para ellos y extraordinaria para nosotros.



Granadinas
Es el archipiélago preferido del dios Eolo, paraíso de la vela con sus constantes alisios. Está compuesto por una veintena de islas separadas por no más de 2 horas de navegación, justo lo que nos hacía falta para resarcirnos de nuestra singladura amazónica y borrarnos del cuerpo todos los restos de moho y pioja adquiridos durante los últimos meses.
Voluptuosas negras ataviadas con llamativos vestidos presiden desde sus desvencijadas banquetas un muestrario interminable de frutas tropicales aún más coloridas, y en la parte trasera del mercado, que da directamente sobre el muelle, surgen entre cajas y redes los sudorosos y musculados cuerpos de los pescadores que vacían sus bodegas con ritmo vibrante y festivo.


La noche ecuatorial cae puntual a las seis, súbita como un telón que indica que la función ha terminado por hoy. Es una de las notas negativas de este viaje, nosotros estamos acostumbrados a asociar el verano con largas jornadas e interminables puestas de sol pero en los trópicos, cuando apenas has tenido tiempo de alegrarte de que el sol deje de castigar tu piel, ¡bum! ya se ha instalado la noche sin previo aviso.
Cuentan en cambio con un bello fenómeno, el famoso “Rayo Verde”, un efecto óptico que sólo se produce cuando el aire está muy limpio y que dura un breve instante. Es ese destello que el sol proyecta cada día sobre el mar en el momento en que se funde con el horizonte.





Mayreau
Justo frente a Unión Island, una ensenada calma se nos ofrecía con descaro así que decidimos echar allí el ancla. Fue un completo acierto, el preludio de todos los agradables momentos de los que íbamos a disfrutar en aquel lugar. Últimas jornadas compartidas con los que durante seis meses habían sido nuestros compañeros de rally y ruta desde Tenerife, a partir de allí se separaban los caminos de casi todos. Sólo Nan Fong, Amarillys y Zarpas habíamos tomado la decisión de continuar hacia Panamá, los demás se quedaban en el Caribe o reemprendían la vuelta a Europa.
En vista de la cantidad de cocoteros que nos rodeaban, un día organizamos un concurso de “Pelado de coco”, a lo mejor creéis que es una tontería pero la habilidad y paciencia que se precisan para degustar una nuez de coco no es pecata minuta. El verdecito está bien porque solo tienes que hacerle un agujerito y bebértelo tan ricamente, pero el coco de carne es otra historia. Lo peor no es la capa interior, tan dura que si la estrellas contra una piedra la revientas. La verdaderamente complicada es la exterior, fibrosa y correosa y a la que no hay quien el hinque el machete, puedes hacerle decenas de incisiones sin conseguir arrancarle el pellejo. Os reto a que lo intentéis. Nuestro campeón fue José (¡hijo de españoles tenía que ser!).



Se desencadenó una pelea de estrellas que corrían desbocadas para ocupar el mejor sitio en el inmenso firmamento, en nuestro cielo, en nuestra noche, en nuestra playa.
Empezamos a entender porqué en el Caribe la prisa es algo desconocido y la puntualidad flexible.
Besos y abrazos. Y animaros que el veranito ya está también ahí!!!!!



























