Martes, ni te cases ni te embarques…
Y en vista de que José y Betty ya están casados, Jeremie y Jean Marc son hétero, y al Capi y a mí se nos ocurren mejores maneras de destrozar nuestra relación, nos embarcamos. A mediodía hora local (18h UTC) del primero de abril de 2008 damos el pistoletazo de salida a una de las travesías más largas y temidas de la ruta ecuatorial de Vuelta al mundo, ¿Y por qué temida? Pues porque el Pacífico se ha ganado a pulso su irónico nombre, más exacto hubiera sido llamarle Caprichoso ya que cuando se emberrincha desata toda la cólera acumulada en sus días de “pacífico” multiplicada por mil. ¿Y por qué larga? Porque este océano representa por sí solo casi la mitad de la superficie del planeta.
Durante tres días con sus oscuras noches sin luna zigzagueamos mendigando una brisa entre el 190º y 160º, un auténtico desastre, cierto que al menos nos arrastramos hacia el sur, bien lejos no obstante de nuestro rumbo, que debería ser al 240º. No será hasta 4 días después que nuestra suerte cambie (aunque no por mucho tiempo), casi de repente y acompañados de un fuerte chubasco, los vientos alisios hacen acto de presencia para establecerse constantes y moderados en nuestra ruta. ¡Ahora sí! con este vientito de 15 nudos del través vamos devorando 200 millas diarias, el día 10 por la mañana ya habíamos rebasado el ecuador de nuestro recorrido. Pero… está claro que tiene que haber un pero, la ola, una testaruda y exaltada ola retumba sin tregua bajo nuestro pies, desplazarse por el barco requiere ahora de ese antiestético andar de embarazada avanzada y siempre procurando tener al menos una mano libre para que haya más posibilidades de conservar la dentadura intacta.


La luminosa Cruz del Sur circunda nuestra noche por primera vez, un extenso cortejo la acompaña pero es muy pronto todavía para que podamos distinguirlas, ya tendremos tiempo. Poco a poco nos amoldamos a la inercia de la vida a bordo, los días se encadenan y llega un momento en que pierdes la cuenta y te dejas envolver en su rutinario ritmo, mar con viento, viento con sal, sal con sol, sol con cielo, cielo con mar. Y vuelta a empezar mientras contemplas cómo a lo lejos oscila el horizonte y tu mente, siempre en avanzadilla, imagina ya el próximo destino que vas a descubrir.
La bonanza no duró mucho. Nueva encalmada. Regresa la imagen de una vela caediza y fláccida. Perdemos otra vez el viento, adiós autopista, hacemos camino pero sin muchas florituras con un viento voluble e inestable que nos impone sus caprichosas condiciones, el ánimo también decae un poco y las millas se dilatan ante el desolador parte meteorológico. Para ahorraros el sufrimiento de nuestras penas resumiré la travesía en dos tristes records:
- Record de NO velocidad (20 días).
- Record de NO pesca (1 bonito y 1 dorado) que por si no lo sabíais son los únicos alicientes en una larga travesía.
- Incluso podría añadir el record de rapalas perdidas, pero no quiero abusar.
Islas Gambier



Mucho antes de vislumbrar tierra ya la hueles, parece increíble pero el aire transporta su aroma a lo largo de grandes distancias, sabíamos que estaban ahí y por fin el 20 de abril avistábamos las Islas Gambier –el grupo más SE de la Polinesia francesa- lo cual equivale a decir que llegamos al paraíso terrenal.
Una gran laguna de 90km de diámetro rodeada de cinco islas y un puñado de motus conforma el Archipiélago, de clima benigno y paisaje abrumador. Esta acogedora región al Sur del trópico de Capricornio posee una belleza que supera los sueños de cualquier navegante, idílico rincón que se encuentra muy lejos de ser atrapado por las garras de la civilización y que está habitado por cuatro solitarios pero amistosos personajes a los que sólo les interesa la vida en plena naturaleza, con todas sus incomodidades pero con la recompensa de una paz sin igual. Viven sin excepción del cultivo de las ostras, a las que miman durante meses cuidadosamente instaladas en sus peculiares bateas, aunque bien es cierto que la carne del molusco es lo menos importante. Inicialmente fue un grupo de franceses el que llegó atraído por las perlas del lugar pero no supieron más que llevarlas al borde de la extinción, hoy es un chino, Mr. Wan, su gran industrial. Pocos locales poseen granja propia, la mayoría prefieren trabajar para él -menos esfuerzo y pocas complicaciones- que es el emblema de los polinesios.
Así se compran perlas en Akamaru
1 botella de ron = 5 perlas
Remy limpia cuidadosamente los parásitos pegados a sus ostras

La moneda más poderosa no se llama franco polinesio ni euro sino trueque, ocupando la primera posición el ron seguido de cerca por las balas de calibre 22 y el tabaco. No es de extrañar, si consigues hacerte con una botella de alcohol (whisky o ron básicos, o incluso martini) lo cual no resulta muy fácil en estos desabastecidos parajes, debes saber de antemano que su precio rondará los 65€.
Aukena
Flora y fauna dan un significativo vuelco, hemos pasado de las pintorescas focas a vulgares cabras, de los saltarines delfines a sigilosos tiburones, y de las pachorrentas tortugas a vivas medusas que son como los pimientos de Padrón, “unhas pican e outras non”; las que pican seguro son las avispas, de color huevo batido y las dimensiones de un helicóptero de 6 plazas, se precipitan sobre ti sin dejarte opción a reaccionar.
También el paisaje abre una nueva parcela de nuestros sentidos, la vegetación es exuberante y variada con una infinita gama de tonalidades que trepan por las laderas montañosas de estas islas formando un entramado de vida donde las plantas más verdes extienden sus largas zarpas en un banal esfuerzo por asfixiar a las más floridas. Permanecen los cocoteros que al igual que en San Blas invaden islas y atolones dando margen tan sólo a un pequeño anillo de arena que los separa del mar. Y cómo no sólo de coco vive el hombre, la Polinesia nos acoge después de tantos días de barco con una ingente variedad de frutas, sandías, plátanos, mangos, papayas, guayabas, pomelos, limones, aguacates, pimientos, granadas y hasta vainilla tintinean en las ramas alegres, silvestres, gratis y sobre todo jugosos, carnosos, aromáticos, sabrosos, deliciosos. ¿Qué más adjetivos podría añadir? Y es que en Europa ya no tenemos ni el recuerdo de lo que es que la fruta sepa a fruta.





La sensación que da es la de que todo ha sido elegido con sumo cuidado, mimo y buen gusto, cada planta, cada flor parecen puestas expresamente en el lugar que ocupan, nada más alejado de la realidad, si la naturaleza es sabia, aquí es directamente una eminencia, si la espontaneidad es bella aquí resulta escultural.
El tema pesca es mucho más delicado, casi todo el pescado de arrecife está afectado por “la gratte” o ciguatera (ya os hablé de ella en el Caribe) es una toxina que se acumula en la cadena alimenticia marina provocando que todos los peces afectados resulten venenosos, cuanto más grandes más peligrosos. Hay que preguntar siempre a los locales antes de aventurarse a comerlo, los isleños se atreven con casi todos los que pesen menos de un kilo, nosotros seguimos el consejo de Remy (perlicutor francés que lleva 8 años en el lugar), él sólo come “chirurgiens” fácilmente reconocibles por su bonito color y dos grande puntos anaranjados en la cola. Como podéis comprobar en la foto, los de mayor tonelaje no se sienten precisamente amenazados.
Las noches refrescan bastante en esta época del año, lo cual nos resulta una bendición tras tres años ininterrumpidos de asfixiante calor tropical (léase pegajoso y plagado de mosquitos), disfrutarlas en tierra se convirtió en un ritual durante los días que pasamos aquí, cenábamos a la mortecina luz de una hoguera y con la excusa de una buena barbacoa paladeábamos un vinito envueltos en la magia del fuego escuchando hasta altas horas los incontables sonidos de las sombras, único testigo del banquete que acabábamos de darnos.



Akamaru
Debíamos lubricar nuestros huesos y desentumecer las articulaciones después de tantos días de inactividad física, la vista desde la loma de esta casi deshabitada isla no tiene parangón, no se hable más pues. Subíamos la colina de forma lenta y trabajosa, no era muy empinada, ni demasiado trayecto siquiera, pero los días de inacción a bordo nos pasaban factura. El esfuerzo mereció la pena, contemplar aquel paisaje era un auténtico regalo. De pronto percibimos los ojillos curiosos de alguien que nos vigila, los pelillos de sus barbitas de chivos oscilan al viento, intentan mostrarse indiferentes pero nos observaban inquietos, el constante bailoteo de sus pezuñas sobre las rocas los delatan. -¿Cabras, qué harán aquí solas?-, nos preguntamos.
Al término de nuestra excursión se lo comentamos a Remi el perlicultor, nuestro informador. -Es que a los polinesios no les gusta cómo huelen y prefieren tenerlas allí, aunque ellos os dirán que es para no encariñarse. De todas formas ni siquiera las ordeñan, les resulta muy trabajoso y prefieren consumir la leche envasada que trae el barco cada mes desde Tahití, y que cuesta una fortuna-.
De pronto azuza el viento y se desploma sobre nuestras cabezas un tremendo chaparrón intenso y rápido, se va como llego, me quedo algo desconcertada pero en seguida descubro que era un regalo de bienvenida lo que traía consigo, el arco iris más perfecto que nunca había visto se posaba en el mar tiñendo el agua con el reflejo de los colores que desprendía. ¡Qué día tan perfecto!




Mangareva
Los polinesios tiene fama de ser de memoria frágil, y nosotros pudimos comprobarlo al poco de llegar. Remoloneamos alrededor de una semana antes de ir a cumplir con los requisitos de entrada en Rikitea, la “capital” de isla principal, con el objetivo de no tener que pedir prórroga antes de abandonar Tahití (lo que nos obligaría a cumplir nuevamente con toda la burocracia). Debo decir de antemano que el número de barcos que hacen escala en Gambier a lo largo del año no debe superar la veintena, y creo que exagero. Cuando nosotros llegamos había otros dos veleros en el fondeo, más nosotros tres Amarillys, Nanfong y Zarpas, hacen un total de 5 barcos ese mes. Acudimos al único despacho de la única oficina del único gendarme del lugar, un polinesio grandote y dicharachero uniformado a la europea. Los tres capitanes presentaron la documentación y cubrieron los impresos pertinentes, él hizo las correspondientes fotocopias y sellado de las mismas y de nuestros pasaportes (aunque se supone que estábamos en un territorio francés de ultramar), y nos envió a la oficina de La Poste (correos) para que nosotros mismos remitiéramos los documentos a la Central en Tahití. A nuestro regreso se interesó mucho por saber si todo había transcurrido correctamente, mantuvimos con él una larga y banal charla, nos recomendó cenar en “el” restaurante de la isla (que resultó que sólo abría a medio día) y al cabo de un rato se despidió con toda la solemnidad de que fue capaz. Dos días después, justo antes de nuestra partida, pasamos de nuevo, estaba tranquilamente apoyado en el quicio de la puerta fumando un cigarrillo, lo saludamos y nos respondió: -Buenos días, ¿han llegado ustedes hoy?-


De nuevo hay que pensar en hacerse a la vela, esto ya no es como el Caribe, en el Pacífico en cuanto te pones en marcha es para meterte un mínimo de 800 millas entre pecho y espalda. Ponemos rumbo a las Marquesas (una semanita a priori).
Abandonamos Gambier con la tristeza que nos provoca saber que nunca volveremos a este entrañable archipiélago de ensueño que desearíamos tener a la vuelta de la esquina. Trepidan las velas y en breve perdemos de vista la costa, las débiles ondulaciones del mar no pueden considerarse olas, algunos minutos después Mangareva no era más que un minúsculo puntito perdido en nuestra retaguardia.


Antes de despedirme quiero daros a todos una buena noticia y agradeceros especialmente a los que habéis colaborado comprando alguno de sus cuadros; sí, me refiero a Eduardo, el argentino que conocimos en Curaçao y que llevaba dos años allí después de haber perdido su mástil. Pues bien, tras varios meses de duro trabajo y grandes dosis de ilusión, “Samsara” ha vuelto a navegar y se encuentran ya los dos en Guadalupe (Antillas francesas). Es lo máximo Eduardo, resurge como el fénix de sus cenizas, 72 tacos y 700 millas en solitario. ¡¡Bravo Eduardo, Bravo!!
Ahora si que nos despedimos. Besos, abrazos y saludos. MUAK










