Tan legendaria como real es la dureza de estas costas, con su mar de fondo casi perpetuo y la agresividad de su acceso marítimo que contrasta severamente con la serenidad de la vida en tierra donde pequeñas comunidades establecidas en sus bahías más bellas y protegidas te reciben invariablemente con una sincera sonrisa y los brazos abiertos. Picos de más de 1.000mt, abruptos acantilados y profundos valles en los que domina una vegetación espesa, lujuriosa y variada completan el mito de este paraíso salvaje.


Tan histórico como inevitable es que un español, Alvaro de Mendaña y Neira, descubriera las Marquesas en el año 1595 y cómo no también, que las abandonara rápidamente al comprobar que no eran ricas ni en oro ni en especias. ¿Qué os esperabais? el pobre venía del Perú, hay que entenderlo. Será el bueno de Cook el primero que se interese por “civilizar” un poco a estos temibles y belicosos caníbales del lejano Pacífico, aunque con poco éxito, rondaba ya el siglo XX cuando la práctica del canibalismo fue oficialmente abandonada.
Tan mítica como irreal es la belleza de sus mujeres, sí chicos, lo siento, si alguno de vosotros soñaba con terminar sus días siguiendo los pasos del maestro Gauguin, que sepáis que tenía la vista convexa. Son ciertas las largas melenas negras, los pies siempre descalzos, la mirada dulce y a la vez un poco ausente, la flor tras la oreja, la costumbre de sentarse en el suelo y los pareos con motivos tropicales, además su razón tenía al pintarlas con la boca cerrada.


Se trata del archipiélago más ecuatorial de la Polinesia, compuesto por 15 islas de las que sólo 6 están habitadas por un total de 8.000 almas. Parece que en el momento de su descubrimiento eran más de 250.000 pero la dureza de la vida aquí, aún hoy en día, hace que decrezca sin cesar el número de partidarios de su preservación. La televisión y el hecho de que los adolescentes sean obligatoriamente enviados a seguir cursando estudios a Tahití tampoco ayuda a que las nuevas generaciones, una vez catadas las mieles del mundo urbano, opten por regresar. Eso sí, los que han decidido quedarse defienden su cultura y tradición como fieros guerreros, conscientes de que la identidad marquesana es su principal valor. Son además de buenos cazadores excelentes artesanos, los hombres tallan en madera, piedra o hueso armas y TIKIS, (sus ancestrales dioses), y las mujeres elaboran sus costumbristas TAPAS, serigrafías de motivos tradicionales sobre fibras naturales obtenidas de las cortezas de los árboles.



En pocos días hemos llegado a sentirnos parte de este tranquilo rincón, y es que les encanta recibir a las esporádicas visitas y se esfuerzan al máximo para hacerte partícipe de su forma de vida, sus casas están permanentemente abiertas para nosotros y consideran un honor que nos dejemos invitar a compartir con ellos unas frutas y un rato de animada conversación. A continuación llega la hora del trueque, es muy divertido, los productos estrella siguen siendo (como en Gambier) las balas del 22 y el ron pero todo sirve, el artículo más impensable es factible de ser trocado, unos cebos de pesca por un cerdo despiezado, un bikini por una Tapa (-¿Cómo se meterá en un traje de baño de mi talla?-, me preguntaba yo una vez terminada la transacción), o un cabo de 30mt contra una escultura de madera. El vino también les interesa, no tanto su origen o el tipo de uva, como saber si es en botella de cristal, porque en tetra-brik ya tienen ellos.
Entre la ciguatera y los tiburones los capis tienen un poco abandonado el tema de la pesca, se han construido en cambio terribles armas de caza (vulgarmente conocidas como tirachinas). Gallinas, cabras y cerdos, todos ellos salvajes campan a sus anchas por doquier así que puede que algún día nos den la sorpresa… Pero por ahora siguen siendo mejores pescando y recolectando fruta.

Ni que decir tiene que cenamos Pulpo a Feira
A la caza de la papaya

o de la banana
Son tantas y tan distintas las vivencias de éste último mes que cuesta mucho decantarse por una. Os dejo elegir:
Fatu Hiva
La vista desde el mar es sobrecogedora, sobre todo aquí y en Ua Pu donde despeñaderos y farallones caen a plomo sobre el agua resultando todavía más vertiginosos desde la insignificancia de un velerito a los pies de estas colosales montañas. Estrechas gargantas y cerriles acantilados separan las diversas bahías en las que por lo general se alojan las aldeas.


La acogida es cálida y sincera en esta isla donde nadie es extranjero y en la que todo es posible, es la única de las seis habitadas que no cuenta tan siquiera con un pequeño aeródromo, ellos saben de soledad por eso el vínculo que se establece entre los nativos y los navegantes que llegan surgidos del inmenso Océano desde un lejano lugar, es muy peculiar. Seguramente por ser la más apartada es también la más genuina, auténtica y olvidada, excepto por los tiburones que de una sola tacada devoraron al marido la hija mayor y la nieta de nuestra amiga isleña Mareva Gil, de ancestros españoles y reconocida como la mejor dibujante de Tapas del Archipiélago de las Marquesas.
Allá donde mires hay un árbol del pan que es, junto con la pesca, la base de su alimentación. Esta fue la misión con la que en 1789 zarpó la malograda expedición de “La Bounty” de las islas británicas rumbo al Pacifico Sur (Tahití), recolectar árboles del fruto del pan y transportarlos a las Antillas Británicas para servir de alimento barato a los miles de esclavos que trabajaban sin descanso aquellas tierras.
Mareva nos invitó a probarlo preparado por ella, lo hace primero en una hoguera, sin quitarle la monda, y una vez listo puede comerse ya así, pero si lo cortas en tiras y lo fríes está absolutamente delicioso, se parece a la batata pero más carnoso. Nosotros hasta el momento sólo lo habíamos comido cocido simplemente en agua, que es como lo preparan en Senegal. Nada que ver.

Tahuatá
Elegimos la bahía de Hapatoni porque nos habían dicho que es la preferida de los delfines que cada atardecer acuden a realizar su exhibición de cabriolas frente a la diminuta playita del lugar, pero lo que nos encontramos fue todavía más sorprendente. Llegamos (sin saberlo) el fin de semana de fiestas, todo el pueblo lucía elaboradísimas tiaras vegetales, tupidas coronas y collares florales que desprendían aromas casi irreales adornaban sus rostros. Siguiendo con su invariable y afectuosa hospitalidad inmediatamente nos vimos agasajados con unas pesadísimas guirnaldas de tiaré repletas de perfumados capullos, y fuimos invitados a participar en todas las actividades festivas previstas para esa jornada y la siguiente.



Uno de los talladores más célebres vive en esta pequeña aldea, tuvimos el privilegio de contemplar sus refinados trabajos realizados con exquisita delicadeza, pero dado que era abstemio y poco inclinado a la caza el trueque estuvo a punto de no funcionar, si no llega a ser porque se encaprichó de unas viejas gafas de sol polarizadas compradas en un mercadillo de Panamá por unos pocos dólares. Así fue como nos hicimos con un precioso florete con mango tallado en madera de Tamanu y hoja esculpida en el filo de un pez espada.
Hiva'Oa
Con más de 300km2 de superficie es la más grande del grupo Sur, también es la más conocida por haber acogido en su día al controvertido pintor francés Paul Gauguin, que murió aquí. La isla se convirtió así mismo en hogar del famosísimo cantante belga Jacques Brel, al que todo el mundo recuerda con cariño por su sencillez y espíritu servicial. -Tenía una avioneta en la que siempre se prestaba a trasladar a un enfermo hasta Tahití, o lo que hiciera falta-, nos comenta una vecina. Aprovechamos nuestra escala en la capital, Atuona, para conocer el museo del primero y visitar la eterna morada de ambos en el cementerio local, en lo alto de una loma desde la que se divisa toda la bahía y el inmenso océano.
Y por supuesto nos vamos por fin de restaurante, es la primera oportunidad que tenemos de saborear una buena cocina tradicional, en Chez Gaby todo es tan apetitoso que lo difícil resulta elegir: “Tartare de atún rojo y mango”, “Langosta a la vainilla”, o “Cabra en leche de coco” son sólo algunas de sus délicatesse. Y es que hasta el momento el único establecimiento público que habíamos encontrado no se ocupaba mucho de la cocina, lo más original que nos ofreció fue una limonada servida en un cubo en el que debíamos sumergir nuestros vasos para probarla, ¡y aún encima pagar una fortuna por semejante experiencia!.


La playa, en la bahía de Hanatekuua, es la única de arena blanca y origen no volcánico de todo el archipiélago, la preferida de los no-nos, las mantas raya, los caballos y la nuestra,¡vaya!, que tampoco somos idiotas. La caminata hasta allí fue larga y a pleno sol, pero una vez que hubimos comprobado su singularidad desanduvimos el camino hasta el fondeadero en el que teníamos los barcos, y a pesar de que la ola de mar de fondo entraba un poco en la rada, decidimos que nos compensaba con creces pasar un par de días en tan fastuoso paraje. -Lanzaremos un ancla por popa y pasaremos una noche tranquila–, manifestó el Capi. Y san se acabó.


Ua Huka
La bautizamos “La Isla Inaccesible”. Intentamos sin éxito todos y cada uno de sus cuatro fondeos más resguardados, imposible desembarcar en ninguno de ellos y solamente pudimos echar el ancla en uno para pasar, a duras penas, la noche. A la mañana siguiente partimos, entre desconcertados y estafados, dejando atrás esta escala con sus secretos e intrigas.
Nuku Hiva
El paisaje está dominado por el monte Tekao, visible desde cualquier punto, y la isla rodeada de buenos fondeaderos desde los que invariablemente se puede iniciar una bonita excursión. Miles de senderos son engullidos por las montañas y conducen casi todos a cristalinas y refrescantes cascadas de vidriosas aguas perdidas en la espesura pero fáciles de localizar por el rumor de las piedras que ronronean bajos sus caricias. Aguzamos el oído para dar con ellas, no falla.
Una tarde a nuestro regreso de la Cascada de Taioa oímos de pronto un ruido sordo, como un petardazo, y de repente la gallina que correteaba por el caminejo cayó desplomada a nuestros pies, giramos bruscamente la cabeza sin haber tenido tiempo de comprender lo que ocurría y nos topamos con la sonrisa socarrona de un típico lugareño, grandote y tatuado que se regodeaba en su hazaña exhibiendo la escopeta desde la silla que no había tenido ganas ni necesidad de abandonar para procurarse la cena.
Más pacíficos resultan los tres reclusos del pueblo que, ante la imposibilidad de disponer de un patio, cada día al atardecer juegan a la petanca en la calle con sus carceleros mientras disfrutan de un cigarrillo.


Ua Pu
Por último llegamos a Ua Pu, cuna de artistas de éxito, y sobre todo lugar de residencia y trabajo del mejor panadero del archipiélago ¡que ya lo echábamos de menos!, un hombre simpático entrado en años y también en carnes, alto, fornido y vigoroso, con la piel bronceada y decorada por un enorme tatuaje que le cubría el brazo izquierdo y le atravesaba el pecho para ir a morir en el hombro opuesto. Más que el panadero parecía en todo caso el carnicero, pero eso no era asunto nuestro.

En Marquesas es muy habitual que los coches se paren en mitad del camino y se ofrezcan a llevarte, y eso fue exactamente lo que nos pasó una mañana muy temprano, aún no eran las 9 de un domingo, la fiesta del sábado noche se había prolongado hasta altas horas y no había nadie en las calles. Una señora que regresaba de misa se ofreció a ayudarnos: -¿Necesitan algo?-, nos interrogó. -Buscamos un lugar para ver el partido–, respondió Jean Marc. -Uy, no encontrarán nada abierto, suban que los llevo a mi casa, seguro que mi marido lo estará viendo-. El lado duro fue tener que desayunar cerveza, ¡casi me muero!, pero no podíamos hacerle un feo a nuestro anfitrión, y el amable ver como España vencía a Alemania y se alzaba con su segunda Eurocopa.
Mención aparte merecen, sin duda, los Sitios Arqueológicos de todo el archipiélago, te conviertes en donante de sangre involuntario con la cantidad de picaduras que recibes de no-no y de mosquito al adentrarte en la espesura de estas montañas pero no nos importa, hay que conocerlos. Estos lugares forman parte indisoluble de sus ritos y creencias más ancestrales; calabozos, mesas de tatuaje y altares de sacrificio permanecen fácilmente identificables en el conjunto arquitectónico, presidido siempre por alguno de sus dioses o Tiki.





Rituales y prácticas de sacrificios humanos a título de ofrendas a los dioses eran de uso común, se servían especialmente de los guerreros más bravos capturados en combate con la esperanza de que al ingerir sus órganos se volverían más fieros e imbatibles. Los tatuajes relataban los actos de valentía e iban cubriéndoles el cuerpo según acontecían, antes de enterrar a un muerto lo tatuaban con la historia de su vida que era la carta de presentación para el más allá. ¿Qué hay de cierto en todo esto?, yo creo que mucho, si no todo. Pero que cada uno deje volar su imaginación. Para eso viajamos, ¿no?.
Mañana, conociendo la existencia de un puesto de Internet en la oficina de Correos de la localidad (el responsable es el mismo hombre que nos invitó a ver el partido en su casa), intentaremos dejar “sellada y enviada” esta carta.
Besitos y hasta la próxima, Eva y François.




















