Amanecer en Galápagos es comenzar a soñar. Como por arte de magia hemos pasado a formar parte un cuadro definitivamente irreal, e inmediatamente cobra sentido ese calificativo de “paisaje lunar” que con tanta frecuencia se utiliza para referirse a estas islas. Nubecillas blancas pasan rozando el cielo que se disputa en intensidad con el mar, y de fondo un paisaje volcánico y negro dibuja senderos de lava que van a morir en una playita incomprensiblemente blanca.


Ya me habéis oído muchas veces mencionar el término archipiélago lo cual no deja de ser normal en un viaje en barco, pero Galápagos es el ARCHIPIÉLAGO con mayúsculas, cita ineludible para los amantes de las caminatas y la naturaleza, ¡pero que muy amantes a veces! ya que en algunos momentos te darían ganas de matar a más de uno, y no me refiero únicamente a los mosquitos. Sobran las palabras:


Y del post-visita mejor no hablar, un intenso tufillo a peixe flota en el ambiente y la imborrable impronta de su presencia consistente en una enorme mancha acuosa-gelatinosa-grasienta que lejos de flotar se adhiere con asombrosa persistencia a cualquier superficie. Son además cabezotas, es una juerga brincar a bordo y lanzarse desde allí al agua (si las obligas porque a la sombra se está aún mejor). Parece increíble la agilidad con la que cuentan, nadie lo diría viendo esos enormes traseros y su balanceo “estilo Fraga Iribarne” cuando caminan en tierra. Varias medidas disuasorias fallidas tuvimos que inventar hasta que por fin dimos con un “enrejado” de cabos enmarañados alrededor del candelero que surtió efecto.






Las islas Galápagos fueron descubiertas al azar en marzo de 1535 por el dominico Fray Tomás de Berlanga, obispo de Panamá, que se dirigía al Perú enviado por Carlos V para informarle de cómo marchaban las cosas tras la conquista del Imperio Inca. Envuelta en una exasperante calma chicha y arrastrada por las fuertes corrientes marinas, la nave del obispo fue llevada hasta las Galápagos, así bautizadas por la sorpresa que les causó su población mayoritaria, enormes tortugas terrestres de una carne excelente (esto último lo averiguaron a posteriori).
Con una superficie terrestre de 8 000 km2 y un área marina de más de 70 000 km2, son Parque Nacional desde 1959; en la década de los 70 las islas fueron incluidas en la lista de Patrimonios Mundiales de la UNESCO y en 1984 pasaron a integrar la red de Reservas Mundiales de la Biosfera. Esta situación especial ha resultado esencial para el éxito del Parque pero ha traído consigo una serie de problemas, el principal de ellos afecta a los locales ya que casi todos los que no viven del turismo lo hacen de la pesca, y las restricciones se vuelven cada vez más severas en cuanto a las áreas de faena y especies de captura permitidas.


Otra de las consecuencias la sufren directamente los visitantes ya que las tasas de acceso al parque son muy altas e ineludibles para todos los que llegan por vía aérea. Los que entramos por mar podemos tener más suerte, todo depende de la geta que el eches y de las islas que visites ya que no todas cuentan con los mismos medios de control (ni con las mismas ganas de trabajar). El truco está en sonreír, sonreír mucho y saludar a diestro y siniestro, eso sí, si puedes es mejor apurar el paso cuando pasas delante de la caseta de Capitanía. Todo un éxito hasta casi el final, diez días salvando pero al llegar a Isabela cachada, bueno dijimos que era una parada de avituallamiento y arreglamos por 55$ cada uno. No estuvo tan mal.
Floreana
Cada isla tiene tres nombres, el que le dieron los españoles, el americano, y por supuesto el oficial del Gobierno de Ecuador, país al que pertenece el archipiélago en calidad de provincia. Si tengo que elegir una me quedo con Floreana (ó Santa María ó Charles), la elijo por su nombre y también por su contenido, es un lugar encantador que cuenta con 30 habitantes y un autobús escolar del que también pueden disponer vecinos y foráneos. La peculiar historia por la que es conocida esta isla es su “Buzón de correos”, y es que en un tiempo ya muy lejano, a finales del siglo XVIII, un barril de madera fue colocado por un ballenero inglés en el lugar que ahora se conoce como Bahía Post Office, en la costa Norte y utilizado durante mucho años como central de correos donde los pescadores que pasaban depositaban sus cartas para que fueran recogidas por otros marineros en ruta a lugares próximos al destino de las misivas, que eran sin falta entregadas a sus destinatarios.
Recorrimos la isla de cabo a rabo, en el busito y caminandito. Insisto, Floreana enamora a cualquiera que la conozca. Desde Velasco Ibarra -único pueblo de la isla- nos dirigimos al interior de ésta, donde todavía son patentes los vestigios de los primeros colonos que llegaron, eligieron este lugar porque allí brotaban los manantiales de agua dulce que garantizaban su supervivencia y la de sus cultivos. Una larguísima e inolvidable caminata nos llevó a descubrir toda la belleza natural que contiene este edén, no sólo su fauna, también su flora nos sorprendía en cada trecho del camino.


Comimos en el único restaurante con el que cuenta la isla, que es también hotel, y que está regentado por las descendientes la primera pareja que aquí se instaló, un matrimonio alemán llamado Wittmer. Tanto nos entretuvimos escuchando sus historias y anécdotas que cayó la tarde, súbita como es costumbre en los trópicos, sin que apenas nos diéramos cuenta.
A la mañana siguiente acudimos a la “lobería” (lugar favorito de los lobos marinos de la zona) situada en la punta Sur, teníamos mucho interés en llegar a marea baja ya que se forman dos pozas de agua salada en las que les encanta ir a retozar, a remojo y a salvo de cualquier peligro, y según nos habían explicado podríamos bañarnos con ellos e incluso jugar con los más pequeños, como así fue.


Santa Cruz
Esta isla alberga en su capital, Puerto Ayora, la mayor concentración de residentes en el archipiélago. Darwin y su Teoría de la Evolución son aquí omnipresentes, en la Estación Científica que lleva su nombre investigadores internacionales trabajan constantemente en nuevos proyectos para la conservación de los ecosistemas marinos de Galápagos.
En el muelle de pescadores pelícanos y lobos marinos afrontan largas esperas a sabiendas de que darán su fruto. Cuando llegan los barcos de pesca comienza el nerviosismo, parece el comedor de un hotel a la hora del bufet, disimulados codazos y leves empujones se suceden pero la sangre no llega al río, habrá para todos. Por su parte las iguanas se amontonan apelotonadas al sol, se despatarran sobre las hirvientes rocas de lava sedimentada. -¿Pero no les bastará con el calor que hace que todavía buscan unas el abrigo de las otras?-, me pregunto. Pasamos entre ellas con andares sigilosos intentando no turbar su descanso, son rosmonas pero a esas horas en que el sol aprieta fuerte no van más allá de advertirnos siguiendo de reojo nuestra trayectoria.
Isabela
En la Bahía de Villamil se sitúa el fondeo más protegido de isla Isabela, y allí es a dónde nos dirigimos para poder excursionar con tranquilidad seguros de que Zarpas descansa cómodo al extremo de su ancla.
No se entiende esta escala sin la ascensión al Volcán Wolf, que alcanza los 1.707mt son unas seis horas de marcha entre ida y vuelta, sin contar el descanso en la cima que invariablemente se disfruta en silencio y zampándose un buen bocata, desde allí contemplas la aridez de esta tierra y te cuesta asimilar que sea una fauna tan rica la que aquí habita, pero las imágenes hablan por si solas.






Un estrecho desfiladero serpentea vertical hasta la cima, el suelo está a cada paso más erosionado y los surcos se hacen tan profundos en el último tramo que la vista no alcanza a convocar su final, más bien parece que no lo tenga, grietas sin fin que se pierden en el abismo vacío nos invitan a poner cada vez más atención a nuestros pasos. El regreso fue un auténtico espectáculo, nunca jamás en toda mi vida –y eso que soy gallega- había visto llover de semejante manera. La víspera nos lo había avisado el guía –Pueden hacer la ruta a caballo pero la verdad es que no se lo aconsejo porque a la vuelta lloverá con fuerza y los caballos patinan peligrosamente sobre las lajas volcánicas-. Nos sonó a disculpa puesto que todos los caballos estaban ya reservados para la jornada en cuestión, pero realmente preferíamos hacer el recorrido a pie ya que nos quedaban por delante tres semanas de navegación y vida sedentaria. Tomamos nota de la advertencia para proveernos de unos chubasqueros y de la bolsa estanca para la cámara fotográfica. ¡Menos mal!. Los caballos, asustados como si fuera su primer descenso se negaban a avanzar, la gente que los había contratado se negaba a su vez a ir a lomos de ellos y el guía, medio desesperado, tuvo que solicitar un camión que desalojara a esos excursionistas que se oponían a caminar, y refuerzos para guiar a los caballos hasta el pueblo.


Para que os hagáis una idea de las toneladas de agua que se desplomaban sobre nosotros baste decir que a François y Jean Marc, que caminaban delante de mí, les desbordaba por el cuello de los botines la espuma que escurría por sus piernas proveniente de sus bermudas, tal vez no suficientemente aclaradas en las lavadoras con las que contamos a bordo.
Si algo negativo hubiera que decir de este paraíso, es que el agua está verdaderamente fría, entre 20 y 25º, ¿os dais cuenta? hacía tres años que no nos bañábamos en un mar así de glacial. Bueno, bueno, bueno, dentro de unas pocas horas levaremos el ancla, ante nosotros el ondulado Océano Pacífico se ofrece tranquilo e infinito, nos muestra su mejor cara en esta mañana emocionante en la que abordamos la travesía más larga de todo el viaje hacia los mares del Sur. Veremos mucho mar durante los próximos días pero, salvo catástrofe, no nos bañaremos.
La próxima ya será desde la Polinesia. Besoooooos. Fran y Eva























