Nos disponemos pues a dejar los atolones rumbo a Tahití, pero no resulta tan fácil. Esta vez es el molinete el que se rompe por culpa de la más que putrefacta cadena que pide papas ya desde Panamá. Así que en su último día (teníamos previsto cambiarla al llegar a Tahití) y con 70m en el agua, nos vemos en la tesitura de tener que remontar el ancla a mano; genial, es un buen ejercicio para comenzar el día.
El Barbas, que participó activamente en Panamá en la anterior “chapuparación” de molinete, sabrá bien de lo que hablo

Solventado el incidente (o lo que es lo mismo, con hora y media de retraso y la lengua fuera) nos ponemos en marcha. ¿Y qué nos encontramos? Pues un mar batido y exasperante, y un viento débil, quebradizo y frágil, que dan al traste con las esperanzas de llegar a nuestro destino antes de la noche del día siguiente. La moral sin embargo es buena, hace cinco meses que no sentimos la adrenalina que producen los atascos, la polución, el ruido y todos esos pequeños horrores de la vida urbana, ¡qué felicidad! ¡qué excitación pensar en que para cruzar la calle habrá de nuevo que jugarse la vida!. Y estos son los alegres pensamientos, que nos amenizan la travesía.
Islas de la Sociedad
Las Islas de la Sociedad son las más grandes de los mares del Sur. Geográficamente difieren del resto de archipiélagos de la Polinesia francesa, pero se parecen mucho entre ellas. De origen volcánico y formadas por esculturales montañas, están rodeadas de una laguna salada a la que a su vez circunda una barrera de coral que se diría cosida para resguardar la isla del océano.


Son las más turísticas pero no por ello menos acogedoras, e incluso en Papeete (la capital) donde se aglutina el 45% de sus 260.000 habitantes, continúan haciendo gala de su bien ganada reputación de pueblo hospitalario. De todo ello vamos a disfrutar en compañía de Paz y Armando que este año se han animado a compartir sus vacaciones con nosotros a bordo del "Zarpas". Llegan después de un maratoniano viaje que les ha llevado a dar su particular vuelta al mundo pero aterrizan en Tahití contentos y radiantes.
La agenda está repleta de actividades, no hay un segundo que perder. Así pues tras una excitante visita al supermercado Carrefour de la localidad, levamos ancla. Largas sesiones de buceo y natación, ski acuático, persecución de tiburones, ataques de rayas, y carreras de kayak se suman a alguna que otra larga caminata bajo un sol de justicia. Además de todo esto cumplimos un encargo especial "Avistamiento de ballenas", el sueño de Paz…





Hay ballenas por doquier, es la época (aunque ella no lo sepa). Se pasan tres meses en los trópicos para reproducirse y parten en Diciembre con sus pequeños hacia los Polos, 10.000 km de migración para llegar a esas frías aguas ricas en krill, su alimento preferido. Hacen tal despliegue de bucles y florituras estas acrobáticas ballenas que consiguen ampliamente convertirse en el centro de atención, cámaras de fotos y prismáticos nos ayudan a disfrutar en primera linea de tamaño espectáculo.


Otro tipo de exhibición que ya habíamos tenido oportunidad de disfrutar en Facaravá y que queríamos a toda costa compartir con ellos son las danzas tahicianas, que junto con los tatuajes y las piraguas forman los pilares de la tradición mahori. Asociadas a la desnudez y la indecencia, fueron (como no) prohibidas por los misioneros católicos durante años, pero nunca cayeron en el olvido. Hoy en día, recuperadas con orgullo por los polinesios, son exhibidas en todo el mundo. Se trata de bailes marcadamente gestuales llenos de sensualidad y significado, pueden ser ofrecidos a los dioses o dedicados al amor, pero sobre todo prevalecen los de bienvenida a los visitantes. Pareos, flores y fibras vegetales se entremezclan con buen gusto y armonía para hacer las delicias del público. Las bailarinas eran en este caso bellísimas, sus cuerpos flexibles y sus largas melenas negras se balanceaban al ritmo de su suave danzar, se deslizan de puntillas sigilosas e insinuantes, como empujadas por el suave viento de la noche que nos hace llegar el aroma de sus collares de tiaré, la gardenia local.



Los tatuajes son, por su parte, tan polinesios como su nombre "tatau", marca indeleble. Así como en Marquesas es un símbolo esencialmente de fiereza guerrera, llegando incluso a tatuarse la cara; en Tahití indican el paso de la infancia a la edad adulta con un doble significado tanto estético como sexual. Tradicionalmente el primero se realizaba a los 16 años y consistía en "pintarse indeleblemente" el trasero de negro, pero no hemos tenido ocasión de comprobar si esa costumbre continúa teniendo el arraigo de antaño.
Otra tradición curiosa es aquella en la que tienen su origen los Re-Re. Todo comenzó en la época del canibalismo, práctica que no incluía a las mujeres en el menú. Por ello las familias, para garantizar su continuidad, camuflaban al primero de sus hijos varones entre sus hermanas, vistiéndolo y educándolo como una más. El caso es que han proliferado enormemente, tampoco sabemos si por tradición o por gusto, pero son personas perfectamente aceptadas en la sociedad polinesia y muy disputadas, por su amabilidad y buen hacer, en puestos de hostelería y atención al público. Da gloria verlos, tiarrones grandes y peludos como son los polinesios, delicadamente travestidos.



De las 200 millas que recorrieron con nosotros, sólo teníamos una navegación nocturna pero yo estaba la mar de contenta. -Que guay, pensé, puesto que somos cuatro la guardia será pecata minuta- je,je, me da la risa de puro ilusa que soy. Salimos después de cenar para estar seguros de llegar durante el día a Huine. Levamos ancla y todo el mundo se va a dormir. Hago mi guardia habitual, de 21h a 2 de la madrugada, no entiendo muy bien, ¿qué cuentas son estas?. Creí que el Capi había decidido dejar dormir a sus invitados…Por la mañana oigo comentarios, como buenos novatos han hecho la guardia "a dos". Desde las tres de la mañana. ¿Quién ha salido beneficiado entonces de esta noche?. No pregunto, al Capi no le gusta…


A la última de las fotos de este capítulo supongo que os cuesta encontrarle un sentido, y la verdad es que no me extraña porque, a priori, los tesoros submarinos ya han sido expoliados tiempo ha, pero ha que no, que no es así, al menos cerca de los resorts y hoteles de alto standing del Pacífico Sur.
Pues por ahí andábamos disfrutando de un pequeño acuario natural cuando el Capi se ve deslumbrado, que digo deslumbrado, cegado por los destellos de un cordón de oro incrustado ya parcialmente en un coral. Como os lo cuento, y el que no me crea que le pregunte a Armando, que allí estaba sin poder dar crédito a eso de "mira una vaca volando",-mira el tesoro que encontré en el fondo del mar- matarile rile rile.



Ni que decir tiene que en este caso la que salí ganando fui yo, propietaria actual de la ex-cadena de algún ricachón tan despistado como para ir a bañarse con ella puesta.
Pues hasta aquí lo que ha dado de sí nuestra estancia en la Polinesia francesa, ponemos ahora rumbo a el resto de la Polinesia.




















