Su ventajosa ubicación unida a la prerrogativa de puerto de libre comercio convierte a la próspera Singapur en un oasis de lujo en medio de estos países asiáticos que conforman la trastienda del mundo. Hablan chino, coreano, hindú, vietnamita, y por supuesto inglés. Frente a cada barrio se abre un universo diferente, costumbres distintas, ideas distintas, vestimentas distintas, religiones opuestas y una única premisa, que reine la armonía pero sin mezclarse, nadie se deja convencer, ninguno baja la guardia.


El clima se convierte en una demoníaca variante de lo que en otra época yo entendía por "buen tiempo" aunque eso sí, amenizado por diluvios como telones de acero que se prolongan durante varias horas y te permiten recuperar un poco el aliento (aunque no demasiado con un 85% de humedad ambiente), y es que aquí al igual que en el Caribe hay dos estaciones, una lluviosa y otra en la que no para de llover. Tanto es así que en la Marina hacen sonar una sirena propia de "Acuda sin demora al refugio antiaéreo" 10 minutos antes de que comience el aguacero. Por suerte, puedes recorrerte la cuidad saltando de centro comercial en centro comercial -el deporte nacional- sin necesidad de tocar la calle y disfrutando de las vistas desde las pasarelas que los comunican o los ascensores estratégicamente acristalados.
Manolo ha llegado por vía aérea un día antes que nosotros y ya tiene en su poder toda la información, transporte público, lugares de interés, zonas de marcha… Una pila de catálogos y planos se despliega sobre la mesa de cartas. La actividad más intensa, el shopping, una semana después no podemos más, hasta Manolo tiene ganas de navegar.

No se hable más, rumbo Norte, nos vamos a Malasia.
Malasia
En una ocasión conocimos a un francés, navegante solitario, militar retirado, y bastante rarito él -creo que los datos segundo y cuarto son una consecuencia directa del tercero, aunque realmente no afecta en este asunto-. Bueno, a lo que iba, este buen hombre menudo y vivaracho con el que coincidimos esporádicamente durante algunos meses me sorprendía de vez en cuando con sus acertados comentarios que soltaba así, como si tal cosa. Un día le pregunté cuál era su opinión sobre Nueva Zelanda (país que él ya conocía y que nosotros visitaríamos en breve) y me respondió:-Verás, yo hace tiempo que dejé de preguntar eso y te aconsejo que hagas lo mismo, aún no he encontrado una sola persona que me diga claramente "ese sitio es una mierda", y no lo hacen porque crean lo contrario, sino porque temen que si lo reconocen los demás piensen: -"Pues valiente estúpido que eres que te vas de vacaciones a un sitio que es una mierda"-. Así que lo mejor es que saques tus propias conclusiones-.
Y hoy, haciendo gala de toda la honestidad posible, tengo que reconocer que Malasia no me ha gustado nada, ni un pelo, un mes perdido en un país sucio y sin identidad que se ha quedado a caballo entre el progreso y la decadencia, es algo difícil de explicar ya que hasta ahora no nos había pasado nada semejante, todos los lugares tienen algo que te cautiva, te sorprende, te engancha, te admira… O al menos eso creía yo, pero va a ser que no, Malasia no lo tiene o no hemos sido capaces de encontrarlo. Tampoco la gente desprende la mínima alegría, es una sociedad triste y apagada, amable -eso sí- pero con la que resulta casi imposible comunicar. Cierto es que el clima tampoco ayuda, en pleno trópico durante 12 meses al año no puede ser fácil la vida, un gesto tan mecánico como respirar se vuelve un esfuerzo sobrehumano, abres la boca, aspiras pero el aire no llega a tus pulmones. Refrescarse es imposible, el cielo se emploma y el aguacero se desploma pero el ambiente continúa tan pegajoso y húmedo que no supone ningún alivio.
El hedor a alcantarilla flota en la atmósfera de modo casi perpetuo, lo que viene a reforzar esa sensación de asfixia que nos oprime. Por último están la manga larga y el pantalón, de día por el sol y de noche por los incontables mosquitos, nos enfundamos hasta las orejas temerosos sobre todo de caer presa de la malaria, el mal de los trópicos, y especialmente presente aquí en esta época del año.


puedo ser un principe, a ver si me encuentras…
Salimos a caminar en un vano intento por apreciar algo, nos detenemos un momento a la sombra que la silueta un templo proyecta sobre el abrasador asfalto mientras intentamos desplegar el callejero y hacernos una idea del lugar en el que nos encontramos, reanudamos la marcha e inmediatamente el denso sol martiriza de nuevo nuestras espaldas y recalienta nuestras cabezas convirtiendo un simple paseo en un penoso peregrinaje. Goterones de sudor se contorsionan entre los pliegues de nuestras ropas hasta conseguir empaparnos todo el cuerpo y adherirnos a él las prendas que media hora antes relucían limpias, perfumadas y secas.
El tedio y la desgana se instalan de forma casi permanente en nuestras travesías por el estrecho de Malaca, interminables horas de motor e implacable calor en unas aguas turbias, lodosas y caldosas al más puro estilo de la ciénaga de Srek. Las trampas que nos tienden los pescadores están por todas partes, de forma anecdótica vemos alguna tímida banderilla despeluchada y descolorida que nos previene, pero parecen estar aquejadas de nuestros mismos síntomas de hastío. Son las medusas las únicas que navegan contentas dejándose impulsar por la corriente, ahorrando energía para soportar este clima.


Y no sólo las artes de pesca nos acosan, por el Estrecho de Malaca pasan 150 barcos diarios, es una ruta de navegación importantísima ya que vincula todo el mar de la China Meridional y las principales economías asiáticas con el océano Indico, el Pacífico y con Europa vía canal de Suez, transportando aproximadamente una cuarta parte del comercio mundial de mercancías como petróleo, manufacturas y productos agrícolas. Hace apenas unas décadas era uno de los puntos calientes de piratería en el mundo pero las armadas de Malasia, Indonesia y Singapur intensificaron drásticamente su presencia en la zona erradicando sin contemplaciones el problema, no como otros que se pasan de demócratas y tolerantes dejando durante meses y meses y meses que los somalíes se armen cada vez más y se fortalezcan a costa de los rescates que sumisamente pagamos en lugar de actuar con contundencia. ¿Cómo creen que acabaron con los problemas tanto en el estrecho de Malaca como los australianos en el de Torres?. Pues pegando tiros, la única forma que existe.
Nos damos un saltito desde Penang island hasta Kuala Lumpur, y como si no bastara con las 6 horas de bus, un pasajero musulmán solicita un alto al chófer para que él y sus dos mujeres puedan elevar sus plegarias pertinentes. Nadie se sorprende ni protesta (me imagino que porque el autocar tiene aire acondicionado y unas cortinitas monísimas con volantes dorados).
Kuala Lumpur cuenta con dos cosas memorables, la primera y más importante es el mercadillo de Chinatown donde se dan cita las deliberadas semejanzas de modelos de bolsos, gafas de sol y relojes de las marcas "chic" del mundo entero, no voy a mencionar ninguna para no hacer publicidad pero que sepáis que ahora, tras duras sesiones de regateo, ya las tengo todas.
88 pisos de hormigón y vidrio
Skybridge suspendido a 700 mt sobre el nivel del mar en Lakawi
Por otro lado están las "Torres Petronas" erigidas en pleno centro, y que pese a haber perdido hace unos años el privilegio de ser las más altas del mundo, son el fausto monumento de la ciudad y por extensión del país. Fueron diseñadas por el arquitecto argentino César Pelli y evocan motivos tradicionales del arte islámico haciendo honor a la herencia musulmana de Malasia. Se pueden visitar de forma gratuita pero como es preciso estar allí para recoger el pase a las 8 de la mañana optamos por contemplarlas desde abajo, sobre todo yo, ya que el Capi tenía los ojos más puestos en la moto de Valentino Rossi que se exponía en la plaza para calentar motores (como si no hiciera bastante calor ya) de cara al inminente Gran Premio que se disputaría aquel mismo fin de semana.
Así andan las cosas, os informamos y levamos ancla rumbo a Tailandia. Bicos, Eva y Fran.
















