
Cuando el Capi comenzó a hablar con insistencia y persistencia de dar la Vuelta al Mundo yo le dejé bien claro que conmigo no contara:
-Yo me apunto al Mediterráneo - le dije-, pueblitos encantadores bañados por el cálido sol ribereño, fastuosas bahías, excelsos paisajes, dramáticas ruinas… Restaurantitos con coloridos toldos y sillas de tijera delicadamente barnizadas cada temporada-.
Claro -me respondió-, allí es a donde vamos, pero con un barco de vela debemos navegar hacia el oeste, siguiendo los alisios. Es la única manera.
A mí me sonaba un poco a chino, pero decidí darle un voto de confianza. Y aquí estamos. Hemos tardado un poco pero al final va a resultar que él tenía razón. ¡Lo que hay que hacer para llegar al Mediterráneo en barco!.
Antes de poder apenas divisar tierra un novedoso y fascinante panorama se nos ofrece, "nieve", las blanquecinas cumbres de las montañas de la Cordillera de Taurus, que se extiende al sur de Turquía paralela al Mediterráneo, nos dan la bienvenida a Europa con unos gélidos 12º, algo a lo que no estamos ya en absoluto acostumbrados. YUPIIIII, ¡¡qué frío!!!.
Puesto que Zarpas espera sus nuevos "tirantes" nos vemos obligados a entrar en la Marina de Finike para cambiar las piezas. Las noticias no son muy halagüeñas, pese a que François había previsto todo con tiempo suficiente para que la expedición hubiera llegado ya, ¡con la Aduana hemos topado!, y eso que desde el año 95 existe un acuerdo arancelario entre la UE y Turquía para facilitar los trámites… No quiero ni pensar cómo sería antes. Y si a eso sumamos la atroz gestión de TNT, el cóctel resulta fatal. Nada que hacer, por ahora toca esperar.
Mientras el asunto se resuelve vamos a dedicarnos a visitar un poco el país pero previamente consagramos cuatro días a un intensísimo zafarrancho y despilfarro de agua, no paramos hasta que conseguimos que las últimas secuelas del Mar Rojo desaparezcan de nuestras vidas y de todos los objetos animados e inanimados que forman parte de ellas. Tarea nada fácil, os lo puedo asegurar. Al terminar hacemos recuento -el balance no es muy positivo- una de mis tres orquídeas no ha resistido, la lavadora tampoco. -¿Por qué será que no veo al Capi muy preocupado?-.



En esta gran nación a medio camino entre Europa y Asia que linda con 8 países entre ambos continentes así como con tres mares (+ uno propio), y es cuna de los grandes Tigris y Eufrates, tenemos muchos compromisos que atender y no demasiado tiempo. Nos ponemos en marcha cuanto antes, Afrodita quiere mostrarnos su pueblo natal donde nos acogen Apolo y Artemisa en nombre de su padre Zeus que está atareadísimo ayudando a Heráclito a perfilar su próximo discurso. Entre las columnas del antiguo templo surgen los hercúleos y sudorosos cuerpos de Aquiles y Hércules que se entrenan en el magnífico Estadio para su próximo combate. De pronto llegan hasta nosotros unas dulces notas, es Orfeo que adorna con ellas los versos que Safo ensaya para la inauguración de nuevo teatro, alguien pide silencio, Pitágoras y Tales no logran concentrarse con tanta música en las filosofadas del gran Platón. No queremos distraerles, a lomos de "Troya" cabalgamos por Anatolia acompañados de Homero que nos relata otra de sus batallitas.
Butacas en primera línea, privilegio de CAPITANES
La tripulación debe conformarse con el “poleiro”
Capadocia
Seguimos nuestro camino hacia el interior, a la Capadocia, por muchas fotos que hayas visto antes de llegar resulta asombroso contemplar los trabajos de erosión que el viento y la arena han realizado en este lugar creando figuras inverosímiles que más parecen laboriosamente talladas que fruto del azar. Dado lo maleable de este tipo de roca volcánica y el mimetismo del paisaje, los primeros cristianos que se escondieron aquí de sus perseguidores crearon un mini país de ciudades subterráneas y cavernas excavadas en la roca a la que bien podrían denominar "la región Gruyère". Nosotros lo pasamos pipa durante dos días subiendo y bajando, buscando corredores y nuevos escondrijos, pero eso sí, conviene caminar siempre mirando donde pisas si no quieres ser succionado por algún orificio inesperado y traidor.

El domingo comimos en casa de Pedro Picapiedra


Pumakkale
Y de aquí un saltito a Pumakkale "Castillo de Algodón". Son decenas de travertinos de aguas termales que descienden colgados en terrazas por una colina. De lejos parecen de algodón, o incluso de nieve, pero cuando te toca hacer el ascenso con los pies descalzos por esta ladera caliza el mito se derrumba. Menos mal que los años de desguazarnos los pies sobre los cascajos de coral de las fastidiosas islas desiertas ha valido por fin para algo, todos los turistas marchaban como si pisaran brasas y lanzando quejiditos, nosotros en cambio manteníamos un paso digno y ligero propio de auténticos Robinsones.



Volvemos al barco y una vez solventados los problemas burocráticos (que darían para escribir varias páginas), SIMPLEMENTE instalamos los nuevos obenques. Lo de simplemente fue un necio comentario que Fran me hizo mientras desayunábamos, más propio de un novato que de un curtido Tourmundista. A mí me rechinaron los dientes al escuchar eso, mis razones tenía… -¿Es que acaso hay algo que resulte simple en un barco?-. Por fin, muuuuchas horas después, nos hacemos de nuevo a la mar.
Encrucijada histórica entre las culturas y civilizaciones orientales y occidentales, terreno en el que infinidad de Imperios se sucedieron e innumerables contiendas y escaramuzas tuvieron lugar a lo largo de los siglos, mires a donde mires está impreso el rastro de un pasado de leyenda. Fondeamos en la Bahía de Kekova donde otra imponente ruina se alza en el islote que nos abriga del viento dominante, -Tuvo que ser realmente soberbio- musita el Capi, -Como una anciana mujer que ha sido hermosa y ni siquiera el paso del tiempo consigue ocultar su belleza-. En la ladera opuesta un melancólico cementerio a pie de mar sin muros ni verjas, un valle completo salpicado de tumbas seculares que reciben la salitre de las olas mientras un despeluchado gato olisquea los alrededores en busca de algún rastro comestible.


Y a escasos metros, en la orilla de enfrente, se agolpan bulliciosos restaurantes y bazares típicos en los que se entremezclan, abigarrados, laboriosos tapices y delicados kilim con toscos souvenirs sin ningún interés. El prohibitivo lujo que puede suponer hoy en día hacerse con una auténtica alfombra persa nació como la forma más modesta que los nómadas encontraron para protegerse del frío en sus humildes tiendas, la extendían en el suelo y dormían sobre ella, y llegado el momento de reemprender la marcha la usaban para envolver sus pertenencias. "Old Carpet" pregonan los reclamos de los comerciantes que lucen sus alfombras colgadas de balcones y fachadas, pero no tengo permiso ni para olfatear.-Estaría bueno- protesta el Capi -llevarse una alfombra gastada y requeteusada, que de "antiguas" no tienen nada ¡son viejas!-. Pero al final me salí con la mía.



El pueblo turco tiene bien ganada su fama de afectuoso, se muestran además serviciales hasta límites insospechados. Llegas con tu chinchorro al muellecito de cualquier villa y enseguida alguien te tiende la mano para recibir la amarra, normalmente tiene algo que venderte, pero si no le compras tampoco pasa nada. Enseguida se informan de cual es tu barco, y con la primera cerveza que te tomas te has ganado el derecho de recibir a bordo todas las mañanas una barra de pan recién horneado.


¡¡Buen provecho!!

























