Cuando nos fuimos a Nueva Zelanda dejamos el sur de Australia arrasado por el fuego, a nuestro regreso nos encontramos el norte afectado por un ciclón. Por suerte para nosotros Brisbane se encuentra demasiado al norte para lo primero y demasiado al sur para lo segundo, así pues un mucho de lluvia fue todo lo que recibimos. ¡Por los pelos!.
Esperando a que escampara, acudimos una noche a una actuación en un reputado local de Jazz que se encontraba no lejos de la Marina, y aquí tuvimos la ocasión de conocer a una pareja encantadora, Fiona y Quique que han dejado hace algunos meses Barcelona para venir a instalarse "temporalmente" con sus peques en la tierra de ella. Al terminar el concierto, no sólo nos invitaron a una deliciosa cena en su casa, sino que además nos revelaron dónde podríamos hacernos con una remesa del auténtico "ibérico" que acabábamos de degustar. Yo quería llorar, la única razón que me contuvo fue la falta de confianza.
Fiona, Quique y su amigo Enrique que es de Lugo y trajo un albariño a la cena
1.500 millas nos separan de Darwin donde debemos estar a primeros de julio. Aún tenemos que darle a "Zarpas" su limpiecita y pintadita anual, y como además no queremos perdernos NADA de la costa Este de Australia ni de su hiperfamosísima Gran Barrera, habrá que ir pensando en ponerse en marcha. Chon y el Barbas están de acuerdo (no en lo de la limpiecita, este año no), los días de vacaciones se les agotan pero no quieren volver a España sin haber navegado por el Mar de Tasmania.


Marcada en lila nuestra ruta a lo largo de la costa australiana, desde Brisbane hasta Darwin. ¿Cuántos “tours” de España serán?
Cada vez que levamos ancla después de un tiempo a seco, un rictus de diabólica felicidad se puede entrever en el rostro del Capi que intenta a toda costa disimularlo con un gesto de fingida indiferencia, pero a mí no me engaña. ¡Marinería lista, larguen amarras!
Justo a tiempo de salvarse de un buen tomate se desembarcaron nuestros amigos en Moololaba, los planes de fondear una noche al abrigo de la isla de Fraser para continuar a la mañana siguiente hasta Bundaberg se fueron al traste por culpa de una ola enfurecida que rompía contra la costa provocando una resaca insalvable.
- ¿Y ahora qué?-
- Pues mucho me temo que esta noche no toca dormir-
- Vaya, vaya, si que empieza bien la temporada-
Proa pues al norte y "san se acabó".
Bundaberg
Llegamos a la entrada del río de Bundaberg por la mañana pero en vista de que la marea no nos acompañaba decidimos echar allí el ancla y descansar hasta el día siguiente en que madrugaríamos para remontarlo con la pleamar. Bundaberg es un pueblo poco atractivo con un terrible fondeo en medio del manglar, y nosotros un suculento menú ñam ñam para los mosquitos. Os preguntaréis qué se nos perdía entonces allí, pues un varadero, el único a precio asequible que saca catamaranes de nuestro tamaño por esta zona.
La fecha de varada estaba fijada, de nuevo a conveniencia de la marea, para unos días después, pero hete aquí que justo la víspera tienen un accidente con un barco de nuestras características. El tipo se raja, hay que esperar a que esté libre otro carro más apropiado, ¡Y otra vez la marea que se nos escapa!. Bueno, pues nos vamos a Sidney.
Pocas anécdotas nos ocurrieron, como era previsible en un desplazamiento tan al uso como "Súbase en un avión y aterrice en su ciudad de destino donde el metro le dejará en el centro, no lejos de su hotel" y es que la verdad, no deja mucho margen. Pero sí tenemos una ocurrida en el trayecto en tren entre Bundaberg y Brisbane (de donde salía nuestro vuelo). Coincidía con la Pascua, festivo aquí también, y los australianos, que lo único que tienen de latinos es su debilidad por los bares, habían decidido aprovechar estos días tranquilos para hacer reparaciones en la vía así que, en un momento dado, todo el mundo se apeó. Había unos buses que esperaban para completar el trayecto. Ya está -mentalidad latina- perdemos el avión.
Pero antes de que termináramos de acomodarnos, las maletas ya habían sido reubicadas, y con puntualidad británica nos depositaron en nuestra estación. Y aquí no ha pasado nada.
Si bien Australia ya figuraba en las cartas de navegación españolas y portuguesas desde el siglo XVI, ambos países habían considerado que se trataba de una tierra inhabitable, a los ingleses en cambio les pareció un lugar ideal para descongestionar sus penales, y en 1.788 desembarcaron en Sidney mil almas fundando la nueva colonia británica de Nueva Gales del Sur.
Sidney




Con Sideny no he sentido ni por asomo el flechazo de mi querida Brisbane, aquí las calles, más ruidosas y algo sucias, esconden unos inquilinos más serios y apurados, aunque desprende ese encanto propio de las urbes que son puerto de mar. Su bahía es merecidamente conocida como una de las más bellas del planeta y el antiguo barrio portuario conserva el ambiente de muelles y almacenes que, tras años de abandono, han sido restaurados en las últimas décadas y albergan restaurantes y apartamentos de alto standing.
Ineludible parece el hablar de su Opera House pero ¿qué falta por decir de ella?. Objeto de controversia durante décadas por su "feitez" ó "bonitez", sus largos 14 años de construcción, y su disparatado coste, es sin duda el emblema de la ciudad y uno de los centros de artes escénicas más activo del mundo. Desde cada ángulo que la observas te ofrece una imagen diferente, dicen que Ulzon la concibió pelando una naranja, yo no me lo creo, demasiado prosaico para la sensibilidad que irradia, prefiero verla como el batir de alas de un inmenso pájaro brillante y blanco.
En las calles de Sidney continúa siendo frecuente una imagen que hasta ahora no se nos había dado ni en los lugares más pobres (donde las chanclas hawaianas son la estrella) pero que se nos ha hecho familiar en los meses que llevamos en Australia, me refiero a andar descalzo por la calle, incluso personas con una correcta indumentaria y buen aspecto pasean sus pies descalzos por los grises suelos de la ciudad. El porqué continúa siendo un misterio para nosotros.
Creo que no os lo había dicho aún pero los australianos compiten con los neozelandeses por el "premio a la peor cocina del mundo", y está muy pero que muy reñido. Si les sacas de sus barbecues domingueras sólo les queda sumergirse en el profundo placer del burger. Pero hay que decir que encontramos UN sitio donde se comía francamente bien, la primera vez que entramos -lo confieso- fue porque se llamaba "El Olivo", pero en las ocasiones en que lo traicionamos, nos arrepentimos.
Se acabó la Semana Santa, a trabajar.
Varamos a las 6 de la mañana, hora del todo intempestiva para mi, culpa de la marea dicen… ¿Es que va a tener la culpa de todo?. De todo, todo no. Chorreamos, lijamos y encintamos, llegó la hora de pintar y resultó que "habíamos" encargado la patente green en lugar de grey.
- Pues si esperamos a que la envíen de nuevo perderemos otra vez la marea.
- ¿Qué opciones tenemos?.
- "Verde tropical" o "frutos del bosque".
- Snif snif, ¿no habrá quedado un poco rosadito?.


aprovechando que estábamos metidos en faena le dimos un poquito de “color” a los baños
Dejamos el Mar de Tasmania y nos adentramos en el Mar de Coral -que no nos recibe muy bien- y durante dos semanas nos vapulea sin ninguna compasión, pero esta vez no en navegación sino en el fondeo, cuando echamos el ancla nos meneamos más que en ruta disputados permanentemente entre la corriente y las olas que no se ponen jamás de acuerdo. Menos mal que sólo nos paramos en los sitios "protegidos"…
Magnetic Islad
Magnetic Islad, -bautizada así por el capitán Cook al que se le volvió loca la brújula en estas coordenadas y pensó, erróneamente, que era algún desconocido magnetismo que ésta producía-, quedará para mí como uno de los mejores recuerdos de Australia. A eso de medio día llegamos a un delicioso fondeo frente a una bellísima playa en la que no pudimos bañarnos por culpa de la fragata portuguesa, tan minúscula como letal, que anda suelta por estas costas. Así pues nos conformamos con una caminata hasta el fuerte -no uno como los nuestros de piedra y lleno de historia- sino un fuerte vulgar y corriente de bloques de hormigón gris con una vista privilegiada de la bahía y las múltiples calas que la circundan. Hasta aquí todo normal, pero lo mágico ha sido descubrir koalas en libertad, es la primera vez que los vemos realmente en plena naturaleza, aferrados a su ramita de eucalipto soñolientos unos, comilones los otros. Tu presencia no les inmuta, te observan curiosos y continúan a lo suyo, y es que andan muy mal de tiempo, duermen 20 horas al días así que no pueden entretenerse en minucias. Había un baby de poco más de un palmo, te dan ganas de cogerlos y estrujarlos contra tu cuerpo hasta conseguir arrancarles un beso, vaya, que de buena gana me hubiera llevado uno para el barco.
Y esto es lo que han dado de sí los dos últimos meses, un poco de barco, un poco de tierra y un poco más cerca. Bicos miles Fran y Eva
























